Roto el hielo, enfrenado tu indiferentismo, siendo ya mía por cópula ideal, me produjo tu amor dulces horas de dicha, tan dulces, ay, como fugaces. Paseé tu gentileza de mi brazo, por entre los disparos de la envidia, frente á rivales sin fortuna, bajo miradas rabiosas. Mi vanidad se adornó con tu hermosura. Te lucí como una joya.
Y cuando tu cariño se cristalizó en besos, cuando florecieron las ternuras, estuve lleno de alegría y de vanidad pensando cómo desterré de tu corazón á tu esposo. Entonces fue cuando una gran orquesta rompió en dulzuras líricas, allá adentro en mi alma. Algo cantaba en mi corazón; pero en voz de sirena, suave y pérfida.
Supe un día, con detalles que arrancan gritos de angustia, toda tu historia. Con tu marido no eras feliz. La mujer frágil, de alma tierna, no se compadecía con el obeso patán. El marrano de tu esposo no te merecía. Las pezuñas del cerdo no eran para tus formas delicadas. Cuanto á tus amadores, ¡eran tan insulsos! Fui yo el primero, me dijiste, cuya necedad no te acidulaba los galanteos. Por eso fueron para mí tus más zalameras coqueterías. Por eso me amaste.
No bien supe de tu boca estas miserias íntimas, cuando comenzó á suceder en mí una cosa extraña; algo semejante á lo que debe de ocurrir al espectador, si luégo de seducido por el encanto de las decoraciones, entra en el escenario. Allí verá las aureolas desvanecerse. Allí verá que la magia es obra del tramoyista; cómo las lágrimas las dicta el apuntador.
De tus confesiones mi vanidad de amante salía maltrecha. Tus confidencias mataban mi ilusión. ¿Cuál era mi triunfo? ¿Sobre quién vencía? ¿Sobre tu esposo? No lo amabas. ¿Sobre tus pretendientes? No los apreciabas. ¿Sobre tu corazón? Tu corazón era, ahora lo veía, una presa fácil. Ya no me envanecí de tu afecto.
Tú, entretanto, me querías más. La flor de tu alma, rociada por vez primera con blando rocío de amor, abría sus pétalos, rosados y llenos de perfume. Por eso padeciste de veras, en tu orgullo y en tu amor, cuando empezaste á advertir la tibieza ó el cambio de mi afecto.
¿Qué pasó por tu alma? Casi me atrevería á decírtelo. Pensaste primero, que era ficción de enamorado feliz; luégo fue cuando comprendiste que una como racha de invierno penetraba en mi pecho, marchitando queridas y verdes ilusiones. Allá en tus mientes no me juzgas con generosidad; me supones más cruel que infeliz. Y ¿cuándo será que te perdones el haberme amado?
Sin embargo, sábe que soy la víctima, en esta novela sentimental; víctima de una idea, de una preocupación, de una locura, de algo más fuerte que mi voluntad, de algo que tuerce el cuello á una dulzura dentro de mi alma.
Perdiéndote se apaga un sol de mi cielo. Te distancio de mi corazón, á mi pesar; á tí, en cambio, te separa del mío el orgullo. Te dices ofendida con mi proceder. El sacrificio de tu amor es el tributo que pagas á tu vanidad.
Ave de paso, yo volaré lejos, muy lejos, más allá de los horizontes. Padeceré la nostalgia de tus caricias; y los besos nacidos en mi boca, para tu boca, los besos que nunca te dí, me abrasarán.