Pero correrá el tiempo. Cultivaremos nuestras almas; y otra cosecha de amores, acaso más rica, un día colmará nuestra ventura. Cuando se abran las nuevas rosas, y sus pétalos nos llenen otra vez de fragancia, recordaremos con melancolía el viejo amor.
Este amor, que es ahora un dolor, será mañana una memoria dulce. El alma nunca se arrepiente de haber querido; y con más ternura guarda, en el estuche de los recuerdos, la memoria de un amor desgraciado, que la de un amor feliz.
CUENTO DE ITALIA
I
ucio, el zapatero de viejo, es un joven. Sus primaveras brillan al sol de la tarde. La luz entra en el tabuco, besa el lomo de un angora, perezoso como un viejo poeta, y en la frente á la madre de Lucio, suerte de Margarita anciana, vejezuela adorable, de blancura risueña y sonrisa de amor.
La viejecita hace calceta; el gato sueña un poema de ratones, mientras recibe un baño de sol; Lucio trabaja, junto á la puerta, encapotado el ceño y en la boca un gesto de amargura. De hito en hito, echa ojeadas fuera, á la calle.
Discurren gentes, á las cuales ve el zapatero sin mirarlas. Una mujer, flor de la plebe, gentil de persona, muy maja, cruza rozando su faldellín, de exprofeso, con el quicio de Lucio; y lanza adentro una mirada, insolente como una provocación. El zapatero fulmina su martillo sobre la suela. Al golpe violento la viejecita, asustada, lo reprocha: