—Caramba, Lucio.

Pero nada advierte la anciana. Desde su mullido sitial del fondo, y el pensamiento muy distante, no mira qué pasa en la calle, á su puerta.

La mujer de mirada atrevida como una provocación, repasa. Lucio finge no verla; y asume un aire distraído. La provocadora cruza una vez más; ésta con un hombre. A la mirada y sonrisa de la hembra, el zapatero responde cantando:

La donna è mobile

qual piuma al vento....

La vejezuela escucha, regocijada, á su hijo. Del corazón de la anciana, como de un nido, salen volando recuerdos. Y no penetra la blanca viejecita cuánto es dolorosa la figura de aquel joven, la pena en el alma, y en los labios una canción fingida.

En alas de aquel canto, el pensamiento de la anciana debió de volar mucho, mucho; porque á la postre volvía como una paloma, trayéndose en el pico de rosa, y en las plumas como jazmines, memorias del hijo ausente, memorias de Genaro, el hijo menor, que hace la guerra en el país de Abissinia. Todos los pensamientos de la anciana ahora se iban, temprano ó tarde, al Africa remota, hacia las regiones insalubres donde Genaro, su querido Genaro, padece hambre, se abrasa de sol, y se afronta con Menelick.

En el alma de la vieja se debaten la madre y la patriota. Italia y Genaro, después de Lucio, su debilidad, su chochera, constituyen sus amores. Ama á la patria aquella anciana con amor antiguo. Fue una garibaldina feroz. El culto del héroe lo guarda ella en su corazón. ¡Cómo olvidar que su esposo había muerto besando la camisa roja del General patriota, cuando la Puerta Pía!

De repente la anciana interroga á su hijo:

—¿Qué dicen los periódicos, qué dicen de la guerra, Lucio?