El zapatero sigue malhumorado, y le responde á su madre, casi con acritud, el pensamiento fijo en la provocadora, que por unos instantes no cruza más:

—Las últimas noticias son tristes para el ejército. Nada bueno debe de haber, madre. Hace cosa de una semana guardan silencio los periódicos. Y cuando el Gobierno y los papeles no dicen nada....

La viejecita lo interrumpió.

—Han derrotado al cuarto batallón, Lucio; al batallón donde sirve Genaro.

—No madre, que yo sepa, repone Lucio, arrepintiéndose de haber dicho la verdad á la viejecita.

—Me alegro. Mejor se venga sin combatir el cuarto batallón, antes que lo derroten. ¡Ay, hijo, cómo sufro con la fulana guerra! Sufro por Genaro, que está en peligro, y por el ejército, que está en ridículo. ¡Dejarse derrotar por Menelick! Eso da vergüenza. En mi tiempo era otra cosa, hijo.

Y era lo cierto: el cañón de Mentana la arrulló un día. Garibaldi aparecía siempre triunfador, puesta la camisa roja, ladeada la cachucha militar, entre banderas.

La viejecita recuerda á su esposo; recuerda á Genaro, y prosigue diciendo:

—Tu padre fue un héroe, Lucio. Cayó junto á Garibaldi. Otros tiempos. ¡Qué días! Pero Genaro es hijo de guerrero; él no dará la espalda á los negros del Africa; mientras los oficiales corran, él, pobre soldado, sabrá morir.

La anciana empieza á emocionarse. A sus pupilas asoma la ternura. Su ardor patriótico, su fiereza militar, la memoria de su marido, el afecto de Genaro, todo el semillero de sentimiento, corre por sus mejillas en ola de lágrimas.