Lucio no ignora el daño que tales conmociones producen á su pobre vieja. Como se repetían á menudo, en el carácter nervioso de la anciana, el médico previno al joven, diciéndole:

—Tenga cuidado por su viejecita. Esas excitaciones le son muy perjudiciales.

Lucio intenta calmarla. Varias veces le repite:

—No piense más en eso, mamá.

Y se dice á sí propio:

—Porque estoy de mal genio hago sufrir á mi madre. ¡Qué buen bicho!

La vieja no se tranquiliza. De cuando en cuando pronuncia, entre sollozos:

—¡Pobre Genaro; pobre hijo mío!

El entrecejo de Lucio encapótase más; su boca muequea una mueca trágica; su mirada se torna lúgubre.

De nuevo principia á cruzar, rozando su faldellín con el quicio del joven, una figura de mujer, muy conocida. Otra vez cae sobre Lucio la mirada insolente como una provocación.