II.

Allá viene Paolo, el pregonero de diarios, calle arriba. El sombrerito, casi en la nuca, deja al sol la frente. Corre Paolo de prisa, y con el haz de periódicos al brazo, vocifera:

¡L'Araldo! Ultime notizie dell' Abissinia. L'esercito in rotta. Morte del generale Vicini.

La multitud lo asedia. Hormiguean los curiosos, á los gritos. Todo el mundo sale á comprar el periódico, anhelante de saber cuál suerte cabe al ejército en la remota Abissinia. Los centavos llueven en la bolsa de Paolo. El no se para un punto; abriéndose camino por entre los lectores, que empiezan á formarse en corrillos, se escurre, calle arriba, corriendo, y gritando:

L'Araldo: L'esercito in rotta. Morte del Generale Vicini.

Los centavos diluvian. El rostro del pregonero se hace radiante; su voz asume sonoridades de clarín. Aquella derrota es su triunfo.

¡Qué diferencia de los días anteriores! No acontecía nada. La semana fue mortal para él. No sucedían cosas de sensación, ni llegaban noticias de Africa. El pueblo comenzaba á olvidarse de su aventura de Abissinia.

¡Cuántas noches llegó Paolo á su desván con una miseria en el bolsillo, extenuado de correr, ronco de gritar, vencido por el cansancio, y triste!

Su madre lo saludaba con un beso, que era casi un reproche. Una lámpara daba su resplandor muriente en el zaquizamí, iluminándolo á medias. A esa luz advertía Paolo las figuras quiméricas de sus hermanitos, moribundos de inanición. Y á esa luz, le parecía más siniestro el dolor en la faz de su madrecita; más punzadora el hambre de sus hermanos; más espectral aquella casa de miseria.