El no olvidaría la escena de algunas noches antes. Su madre, al entrar él, le preguntó:
—¿Qué traes?—hijo.
—Esto, repuso Paolo, enseñándole una palma de mano.
Y sucedió que la mísera se puso á llorar, abrazándose con él; Paolo también rompió á gemir, mientras los chicos, en la penumbra, contagiados por el grupo doliente, estallaron asimismo en lágrimas. En la atmósfera flotaba el dolor. El candil alumbraba con sus claridades equívocas aquella angustia.
Paolo, de súbito, se deshizo de los brazos maternos.
—Oye, madre, le dijo, yo traeré dinero.
—¿De dónde, hijo, de dónde?—preguntaba la temerosa, la desconfiada.
Entonces él la tranquilizó.
—No pienses nada malo, por Dios. Tomaré mis periódicos, saldré á la calle, y anunciaré noticias, muchas noticias, grandes noticias, noticias estupendas. Yo las pensaré, yo las inventaré. Tú verás, madre; tú verás.
Paolo había convencido á su madre. Esta le decía acariciándolo: