Y prosiguió monologando mentalmente:
—¡Por pobre! ¿Nada valen mi nombre, mi juventud, mi amor? Mi padre no ilustró su apellido para que un cartaginés, un vampiro de la banca, un avaro, lo afrentase, rechazándolo. Mi juventud reciba un puntapié de Harpagón. Ese hombre no sabe que un mozo es una mina. En el fondo de un corazón juvenil acaso duerma, como el oro en el yacimiento, la virtud de la intelectualidad poderosa, la perla del heroísmo, el genio en embrión. De la juventud puede esperarse todo porque á todo se atreve: huella todos los caminos, invade todos los campos, cruza todos los espacios, salva todos los abismos, ama todas las ideas, persigue todos los ideales. La juventud es interesante como que puede ser el alba del prodigio. Cuanto sale de ella es puro como el agua del manantial. Ella es el amanecer del porvenir; la fianza del futuro. ¿Acaso el oro es la felicidad? ¿Un rayo de amor no deslumbra más que el brillo del dinero? ¿Qué moneda sino el beso paga el suspiro de un corazón enamorado? ¡Miserable Eugenio Grandet, te abomino! Pero verás cómo lucho con tu avaricia; cómo venzo de tu crueldad, anciano terrible. Tu cara es de Tersites, tus ademanes de Cartouche, tus procederes de Loyola. Tienes aspecto de espectro. ¡Gavilán, yo arrebataré de tus garras el ave del paraíso!
Fatigado el pensamiento de Eudoro, se detuvo al recordar á su amada; se detuvo en ella, en la memoria de ella, como una paloma anhelante en la cima de un limonero en flor.
De nuevo echó á volar, torciendo el rumbo. Y Eudoro se dijo:
—No; yo no debo denigrar de ese hombre. En el fondo procede bien. Su conducta es inspirada en el amor. Ese padre quiere á su niña. Espera para ella los blancos palacios de mármol, las libreas galonadas de los lacayos, el oro de los candelabros, las sedas, en una palabra, la dulzura de la vida tal como puede concebirla su cabeza de negociante. Después de todo está en lo cierto: fuera del dinero no hay salvación. Un pobre no tiene derecho al amor; no puede pagarse ese lujo. El amor entre dos pobres es una conspiración contra la sociedad. Un pobre enamorado de una rica es sencillamente un hombre sin pundonor, un cínico. Yo no aspiro á ese dictado. ¡Cállate, corazón! Escónde tu lepra. Tu amor es tu ignominia.
¡Quién sabe, por otra parte, cuántas noches de insomnio le cuesta mi pasión á ese infeliz! ¿Qué derecho tengo yo para hacer desgraciado á un hombre por el solo crimen de ser padre de una mujer hermosa? ¿Cómo podría, sin ser un criminal, ceñir de angustia esa cabeza blanca, echar el dolor, como un dogal, al corazón de ese padre?
¡Yo la amo, y en nombre de mi amor la hago sufrir, ensombreciendo el alma de ese anciano! Otro le dará también su amor sin que ese amor cueste ni una lágrima. Ese viejo que me odia tiene un punto de contacto conmigo: su hija: ambos la queremos. El cariño de esa mujer nos une. Debo estar agradecido al bienhechor de mi amada.
Con una sonrisa de tragedia en los labios y una mirada maldita en los ojos, el enfermo, el pobre enfermo de amor, se puso en pie.
Su alma, levantada también de un nido de recuerdos, sacudía las negras alas.
A lo lejos, hacia el fondo de la casuca, se escuchaba, fresca y vibrante, la voz de una hermanita del soñador que lo llamaba cariñosamente: