Eudoro se sonrió melancólicamente á la vista de aquella multitud danzante y risueña:

—Qué barato compran algunos la felicidad, exclamó.

Ante la alegría de los demás Eudoro comprendió la profundidad de su tristeza.

Nada de lo que divierte á los otros, me satisface ni me gusta, se dijo. Yo me siento muy distante de esa multitud. Parodiando al Cristo, yo pudiera exclamar:

—Pueblo, ¿qué hay de común entre tú y yo?

Y prosiguió monologando, engolfado mentalmente en una desolada filosofía.

—Yo me alejo de la turba: la temo; me contagia su estupidez. Mi piedad para ella se resuelve en cóleras.

La música había terminado. La gente, poco á poco, abandonó la plaza. Apenas restaban grupitos, al pie de los faroles. De los cafés vecinos salían carcajadas. De cuando en cuando atravesaba, el paso menudo, recogido el enfaldo, aromando el ambiente, alguna devota de Afrodita. El cielo parecía un cofre en cuyo fondo azul centelleaban topacios. Los globos de luz eléctrica, pálidas lunas, iluminaban con su blanco fulgor de perla.

Un ebrio pasó haciendo eses y gritando:

—¡Viva la República!