Eudoro pensaba: la lucha es estéril. ¿Qué beneficiamos de ella? ¡Cómo consagrarle nuestra juventud, nuestras ideas, nuestras energías á una sociedad que nos abandona! Lo único amable es el amor. La juventud es de él, como la primavera es de las rosas. La poesía de la existencia consiste en el dolor de amar. Y cuando un hombre no puede darse al amor se debe dar á la muerte.
El soñador volvía al suicidio, como siempre que el Dolor lo acosaba; volvía al suicidio, con anhelo de refugiarse en la tumba.
Eudoro se decía: un suicida es un valiente. La única puerta por donde puede salir la dignidad, del mundo, sin doblegarse, es la del suicidio. Un hombre que se mata á conciencia es un héroe. Todas sus culpas, todas sus flaquezas, todas sus ignominias, si las tuvo, deben ser olvidadas. Ese se ha redimido. La muerte así es un crisol. Sí; el que se aventura á lo desconocido, el que da un puntapié á la existencia, el que se embarca en la barca negra, rumbo á lo ignoto, no teme cuanto existe de más temible: el misterio, la tumba, el olvido, en una palabra, la sombra.
Eudoro había cultivado en su alma la idea de la muerte voluntaria, como una flor, y ya la flor daba su aroma fúnebre.
Ya era tarde, y en el silencio nocturno, Eudoro oía su propio pensamiento. Un rayo de luna, filtrándose al través del follaje verde, acariciaba como un beso de plata aquel rostro. A esa luz se podían ver las centellas de aquellos ojos húmedos y claros como algas.
Muy cerca del banco rústico de donde surgía, de cuando en cuando, la voz de Eudoro, en aquel sordo monologar del enamorado, el fauno de bronce de una fuente vomitaba un chorro de agua refrescante. Casi todo el mundo había desaparecido. Un polizonte, de lejos, observaba la actitud sospechosa y escuchaba el lenguaje entrecortado y alarmador de aquel extraño platicante de la media noche.
Por fin se partió. El policía lo miró alejarse. El fauno de la fuente con su faz grotesca y empapada de agua se sonreía al verlo pasar; y alguno que conociese el lenguaje de los bronces tradujera la pícara sonrisa, el guiño de ojos del fauno, en un reproche por aquel abandono, en un presentimiento de tragedia, en un adiós melancólico.
III
Eudoro entró en su casa. El perro, el viejo Sultán, lo desconoció y gruñó; pero pronto vino hacia su amo, meneando la cola.