La casa dormía. Eudoro entró en su cuarto é hizo luz.
La lámpara, una lámpara con pantalla verde, esparce un fulgor de esmeralda. A esa pálida claridad resplandece una pequeña habitación de soltero. En un rincón, el lecho, de albura inmaculada; al otro extremo, el escritorio de palisandro, mueble antiguo, reliquia del hogar, resto de esplendor salvado milagrosamente.
Exornan las paredes algunos cuadros: una caza de Diana, un Caronte feroz y un grupo de Vestales.
Sobre el escritorio lucen dos grabados, muy modernos.
Es el primero un oficial francés, caído en el campo de batalla, la espada rota, sin kepi, desfalleciente. Ha pasado el combate; un médico de la Cruz Roja con cara de angustia pide un trago de aguardiente á un paisano. Este empieza á escanciarlo de su bota en un vasito, poco á poco, casi con indiferencia. El médico tiende la mano y la vista al frasco generoso, mientras el oficial, muy parecido á Rochefort, parece morirse.
El otro cuadro es mucho más risueño. Es la tarde. Un mísero anciano trabajador restituído al hogar de su faena del día, toma asiento en una carretilla y empieza á encender su pipa. Su netezuelo, niño hermoso é ingenuo, lo mira, deja el trompo, y corre á sentarse, lleno de curiosidad, junto al anciano. A lo lejos, hacia el fondo de la casa y del cuadro, cruza una mujer llevando un perol en la mano. Acaso sea la hija del viejo, la madre del muchacho, que vaya á preparar en la cocina el puchero de la tarde.
Eudoro, sentado al escritorio, desde que entró, hunde la frente en el pupitre, y, los dedos enclavijados sobre la nuca, yace en una inmovilidad de ataraxia.
Lentamente alza el joven la pálida cabeza y murmura como si desgarrase el dolor con los dientes.
—Sí; debo matarme. Hace tiempo aguardo el valor que me acompaña en este momento.