Tenía hundidos los ojos, pálido el color, demacrado el semblante. Dos violetas, muy parecidas á las violetas de la muerte, teñían de morado sus párpados. Los labios hacían una mueca trágica. Abrió una gaveta y sacó dos retratos: el uno era de su padre en uniforme de rigurosa gala, de su madre el otro. Los miró mucho espacio de tiempo, los besó repetidas veces, los puso contra su corazón como la imagen de una novia, los besó nuevamente, y ante aquellas efigies adoradas rompió á llorar.

Al cabo de unos momentos se recobró. Restañó sus lágrimas y convino consigo mismo en que debía proceder. Diferir más su intento era exponerlo á fracasar. Meditarlo era no realizarlo.

Creyó bueno escribir, razonar su locura, disculparse; pero comprendió que necesitaría escribir una obra, no una carta. Tuvo un secreto pudor de su pena. Le repugnaban esos muertos charlatanes. Sin embargo, ¿cómo no decir el último adiós á su pobre madre, á su madre querida, á su madre infeliz, á quien sumía de nuevo en el dolor; cómo no impetrar perdón de aquella madre á quien abandonaba mísera y viuda?

Por fin escribió un pliego bañado en lágrimas. Aquello no era carta sino elegía.

No bien hubo concluído tomó una tarjeta, puso dos líneas, y escribió en la cubierta, en gruesos caracteres, el nombre de su amada.

Se levantó y se miró al espejo. Estaba pálido, muy pálido; su rostro, fino y melancólico, parecía la cara de mármol de un dios.

Con mucha calma empezó á cambiarse de ropa. Se amortajaba á sí mismo. La franela limpia que se puso, muy ceñida, dibujaba aquel cuerpo delgaducho y gentil de caballo árabe. Se lavó la cara y las manos; cepilló sus dientes y sus uñas; y se volvió á mirar en el espejo. Con una extraña coquetería de buen mozo ensayó una sonrisa que resultó una mueca macabra; y comenzó á peinarse cuidadosamente. Se hacía la última toilette.

Abrió la ventana. Una ráfaga de brisa y de noche oreó su frente. El cielo, clareante, manchado de nubes, parecía una piel de jaguar, azul y fantástica. De algún corral vecino trajo un soplo de viento el canto varonil y vibrador de un gallo. Eudoro se estremeció. En el silencio de la hora le pareció siniestro aquel canto. Cerró las maderas de la ventana, y tembloroso aún se preguntó:

—¿Tendré miedo?

Pero no; no era miedo. Para llegar á esta resolución extrema, cuántas noches de insomnio, cuántos días de dolor. En el alma de Eudoro se había cumplido un proceso. Ya no le quedaba sino ejecutar lo que tanto meditó, lo que había resuelto en su corazón, de tiempo atrás. Pronto se repuso y prosiguió llevando á término su obra de destrucción con una tranquilidad aterradora.