—Despachemos, se dijo; ya es muy tarde.

Sacó el reloj del bolsillo del chaleco, vio cómo eran las cuatro, y lo puso abierto sobre el escritorio. Después tomó su revólver, lo llevó á la luz, hizo girar la masa, y como en un ensayo lo acercó á las sienes. El frío del cañón heló su cuerpo. Un calofrío culebreó por su espina dorsal. De nuevo lo vio, é hizo ademán de morderlo. El acero, destemplando sus dientes, lo obligó á castañetearlos.

Pero todo esto era apenas una burla á la muerte, una engañifa á la tumba. El tenía su plan. Se acostó; se amortajó en la ropa blanca del lecho; envolvió el revólver en una frasada para que la detonación fuera sorda, para que el ruido muriese ahogado en la cobija; se tanteó el sitio del corazón; alzó la franela; se apoyó el revólver en el pecho, y disparó.

La sangre comenzó á brotar. Las manchas rojas sobre la albura del lecho parecían camelias de púrpura en la escarcha. A la luz verde de la lámpara el rostro del moribundo aparecía más pálido y siniestro.

Poco después, de la herida ya no brotaba la sangre á borbotones, sino en una mansa corriente de arroyo, como un cordón de púrpura. ¡Ay! en ese arroyo bermejo se estaba ahogando una juventud; ese hilo rojo ataba una vida á la tumba.


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