El crítico exclamaba:

—Yo desprecio á la multitud. Me preocupa sólo la opinión que de mí tengan algunos cuantos. Si alguno de esos pocos, cuyo concepto me es caro, saliese diciendo que yo era un imbécil, me entristecería profundamente.

El novelista no compartía esta opinión.

—Si algún escritor notable, rugía, dijese que yo carezco de talento, creería al punto que ese hombre se había vuelto loco. Mi concepto de mí propio no puede cambiarlo nadie. ¿Que no lo merezco? No importa; ¡es mío! ¿Que no es una virtud la vanidad? ¡Mejor! El valor de las propias virtudes no es un mérito; lo es el valor de los defectos. Y ese lo tengo yo.

El viajero se figuró que no debía tomar aquello al pie de la letra; y para no darla de cándido, dijo, creyendo hacer una frase galante:

—No se calumnie, señor.

Los otros se rieron con los ojos. Bastante se conocían para saber hasta dónde era sincero lo expresado.

La señora callaba. Terció amablemente á fin de dar la razón á su nuevo amigo el viajero; pero se la quitaba, á los ojos de los demás, con una sonrisa.

El viajero, después de todo, concluyó por comprender qué más debía oír que hablar. El poeta también callaba.