En punto á vanidad no arrojaba de sí el calor de llamas del uno, ni el falso hálito de tumba del otro. Y pensaba:
—Esos dos desdeñosos me han hecho el tributo de su alabanza. Ese novelador, ese Hércules, me ha tendido la mano; y cuanto al crítico, todo su escepticismo á un lado, se ha puesto á gritarme: ¡arriba! ¡sube! E interiormente y silencioso él también alzaba un himno á la vanidad.
Para ambos tenía el poeta admiración y aun ternura. Fraternizado con esas inteligencias por el paralelismo de ideales, y admirador de esos ingenios brillantes, él, confundiendo al escritor con el hombre, envolvía, en cada uno, al doble sér con el mismo manto de aprecio. ¡Grande error! Puede apreciarse mucho la inteligencia del mismo á quien se abomine como ente social. Por fortuna esto no ocurría allí, entre personas calificadas; pero es bueno, de todas suertes, hacer el desdoble del escritor y el hombre.
La conversación fue á parar á la crítica.
El poeta, en ese punto, estaba de acuerdo con el novelista, y en contra del hombre atacado en su profesión. El novelador no aceptaba crítica, por lo menos de sus amigos. Su amigo no tenía derecho de decirle verdades desagradables. Y si quería tenerlo lo compraba al precio de la amistad.
El hombre de profesión decía:
—¡Y el arte! ¡Y el noble amor de la verdad! La verdad está por cima de todo sentimiento. Y el arte por cima de todos los amigos.
El poeta confesaba ingenuamente:
—Me escoce la piel la crítica, sobre todo esa juiciosa, sabia, amante del término medio, que no se entusiasma sin razonar, y desmenuza y profana.