El crítico se defendía, argumentando. Dialéctico, de suyo poderoso, sin grande esfuerzo probó la necesidad del análisis, así sea ó no literario.
El novelista y el poeta, apandillados, no respondían de exprofeso sino con chistes y epigramas. Este compadrazgo burlador desazonaba un poco al escéptico.
—Los críticos, como los cuervos, decía el novelador, se alimentan de detritus.
Y el poeta:
—El crítico es al poeta lo que el beso al gusano: el beso genera; el gusano devora.
Y, volviéndose á la dama, que reía con una risa de complacencia, bajo el abanico de marfil y plumas, la interrogó:
—¿A quién prefiere usted, señora, á los poetas ó á los críticos?
Ella repuso: