—Usted sabe que mi afecto es para los músicos y para los poetas. Cuando oigo una romanza ó una canción vibra todo mi sér; si es triste me entristece, si es vivaz me alegra, esa canción ó esa romanza. En pocas palabras: yo siento el arte sin ponerme á razonarlo; siento como una mujer, entregándome á una voluptuosidad dulce, á una languidez de ensueño, que no quiero analizar. Ahora, mi querido poeta, le diré que me inspiran mucha admiración esas naturalezas pacientes é investigadoras, que educan en uno el sentimiento, y lo dirigen; que nos revelan hasta los más tenues matices de sensaciones; que nos enseñan cuanto vibra en nuestro sér; y nos descubren lo más íntimo, lo más recóndito de nuestra alma; y nos enriquecen, generosamente, con el tesoro de nuestra propia mina. Ya ve usted cómo, señor poeta, puedo amar á los trovadores y á los músicos, sin querer mal á los críticos, más, amándolos, si bien con otro amor.

—Señora, dijo el escéptico, usted me hace creer en los ángeles.

El viajero creyó de su deber seguir la galantería religiosa, y agregó:

—Habla usted como un serafín.

—Un serafín, murmuró ella sonreída, debe de hablar muy amablemente. Supóngase usted que es paje, ó cosa así, en una gran corte, en la mejor de las cortes, en la corte celestial.

—Pero señora, interrumpió el novelista, no necesitarán los serafines desplegar toda su elocuencia con los bienaventurados. Recuerde usted cómo nuestra Santa Madre Iglesia ha dicho; bienaventurados los pobres de espíritu.

La conversación fue rodando hasta caer en la tumba, es decir, en la muerte. Se habló de las distintas maneras de morir. El escéptico se conformaba con una muerte dulce, tranquila. El poeta quería morir gloriosamente.

Se trajo á cuenta el suicidio. El viajero contó la manera cómo, en algunos pueblos, castigaban los conatos de suicidio. Y refirió dos ó tres suicidios raros. Al novelista le retozaba el deseo de dar al viajero la noticia de un pueblo en donde ahorcan á los suicidas.

Los escritores, los tres, eran partidarios de la muerte voluntaria. Pero partidarios de distinto modo. El escéptico, aun con serlo, no encontraba mala del todo la vida. El sabía de dulzuras; pero afirmó que era llegada la hora cuando el hombre se imposibilitaba de llenar esta función: amar.