El novelista, siempre concretándose á sí propio, no deseaba aún la muerte. Quería vivir para su gloria, y para desesperación de sus enemigos. Cuanto al poeta, creía que mientras más grande es un hombre menos digno es el mundo de ese hombre. Y si la grandeza de alguno consiste, antes de todo, en ser un delicado sensitivo, ese menos debe vivir, seguro de que la ruindad humana, las asperezas del camino, lo herirán más profundamente.
—Yo estoy en este caso, prosiguió; solo una cosa me sostiene: la esperanza en mi obra, la fe en que mi planta prenda y mi huella sea fecunda. Yo me hubiera muerto, si no. La vida es tan mía como mi casaca. Yo la uso hasta que me cause. Que soy joven, que está flamante, dirán algunos. Sí, pero está afeada por una mancha de tristeza prematura. ¿Será un pretexto de mi cobardía darle un objeto á mi vida? No lo sé. De todas suertes ese pretexto no durará mucho tiempo, porque mi mayor infamia no será la de envejecer.
El novelista aprobaba. La señora sonreía tras el plumaje del abanico. El abanico era el escudo de su prudencia, cuando no quería opinar. El extranjero, para sí propio, empezaba á decir desfavorablemente de aquella señora, complacida en la sociedad de unos locos grotescos. El escéptico se puso en pie á las últimas palabras del poeta.
—¡Ojalá, le dijo, caminando hacia el joven, ojalá conserve usted su entusiasmo! ¡Ojalá no pierda la fe en sí mismo!
Y prosiguió, con una mirada mitad triste, mitad maligna:
—Hace años, siendo yo bastante joven, conocí á un hombre del cual se decía que era muy talentoso. Este hombre, ancho, robusto, con una garganta por la cual se habían deslizado muchos vasos de cerveza, se reía regocijadamente. Y ese hombre produjo en mí, entonces, un pesar, un gran dolor. Ese dolor fue como el primer redoble de una marcha fúnebre. El hombre inteligente, el hombre sano, dijo, delante de mis primaveras en flor.
—A los veinticinco años yo me creía un genio. Así pasa generalmente á todos los jóvenes.
El poeta también puso en pie, de súbito. Se encaró con su amigo. El dardo sutil del escéptico, la venganza del crítico, lo hería dolorosamente.
—Ese hombre, dijo, el hombre que usted cita, fue una mediocridad. ¿Probó nunca lo contrario? Las primaveras de usted se deslumbraron con una luz de candil. Negar el entusiasmo, el ideal, es una estupidez burguesa. El entusiasmo es resorte de almas y caracteres. La fe salva. Un alma sin ideal es un yermo: no florecerá nunca. Yo sí siento en mi corazón la chispa sagrada: con sólo esa chispa podría prender fuego á todo su escepticismo.