El poeta se exaltaba. El otro quiso sosegarlo, temeroso de que una mala interpretación produjera en el joven un estallido.
Pero el joven no lo escuchaba; y prosiguió diciendo:
—Cuanto á mí, espero triunfar. Tengo compromiso con la victoria. Algo me dice en lo interior que yo no nací para ser de la manada; yo sería infiel á mí mismo, si no alimentara mi ambición.
La dama tomó cartas en el asunto. Ella era el iris de paz. La alianza la trajo su sonrisa y su palabra.
El crítico se comprendía vengado, en parte, de los epigramas de sus compañeros.
Ya era muy entrada la noche. Con los últimos fuegos del combate sobrevino la dispersión; y pronto no quedaba en el saloncito carmesí otra persona sino la dama, nostálgica de un poco de música, y con los oídos llenos de las disenciones de sus visitantes.
Aquella noche el extranjero, el viajador que venía de pueblos muy remotos, pensaba cómo hombres de talento se habían puesto, á los ojos de él, en pleno ridículo. Y al salir de la casa sentía la misma desagradable impresión que le produjo, tiempo atrás, una visita á un manicomio.