En Buenos Aires.

Señor y amigo distinguido:

Unidos de la mano traigo á usted dos artistas excelsos: César Zumeta y Rufino Blanco Fombona: el artista cincelador y el artista cincelado. Apolo en un camafeo de Dioscódoro.

Ninguno de los dos es un extraño para usted. Y no lo son ambos para la América.

La prosa tersa, impecable, del primero; su frase alta y serena, de ondulaciones tenues, como un mármol de Amariarna; mórbida sin flacideces; seria siempre como un hijo de dioses, arrancado á los flancos de una estatua, le ha dado puésto eminente en nuestra América toda; y lo tiene—cosa rara—muy alto en su patria misma.

Cuando usted lea esta carta, habrá ya saciado sus ojos en el joyel maravilloso con que Blanco Fombona, acaba de enriquecer el arte y de desesperar la envidia: Trovadores y Trovas.

Extraña, triste y prodigiosa flor de nuestra raza, este trovador delicado y bravío, este artista refinado y hosco, ha sido delineado, esculpido, grabado, por el cincel maravilloso del artífice amigo.

Y, es este medallón, que tiene por el carácter tosquedades de anaglifo, y tiene por la pureza de las líneas, relieves de algún cáliz de Cellini, el que envío á usted, hermano generoso de los poetas, alma gemela de los artistas, cultivador y propagador del arte y de lo bello en esa región feliz, para que sea por sus manos—si usted lo quiere así—que vea la luz del Plata, este poeta extraño, burilado por este extraño prosador.

El retrato del Cantelmo, pintado por de Vinci: la obseción de d'Anunzzio, la flor noble y vivaz de una raza, cerca á la cual queda bien el Care adsum, eso es el poeta soberbio, el soñador desdeñoso, cuya efigie le acompaño.

Y me retiro estrechando á usted la mano.