Cuando más tarde, aleccionados por dolorosa experiencia, abandonamos las trochas, éstas habían causado más de 20.000 víctimas[43].

¡Asombra e indigna reconocer la ofuscación y terquedad de nuestros generales y gobernantes, y la increíble insensibilidad con que en todas épocas se ha derrochado la sangre del pueblo!

Al referir aquellos sucesos, después de ocurrida la catástrofe colonial, es difícil resistir a la tentación de indagar las causas de tantos reveses y de recordar los grandes desaciertos de nuestra política ultramarina. Es triste reconocer que la característica de los estadistas españoles consistió siempre en rechazar obstinadamente las lecciones de la historia. Nuestros políticos vivieron siempre al día, atentos al conflicto presente, sin preocuparse lo más mínimo del porvenir. Ni los episodios desdichados de la emancipación de América, ni dos agotadoras campañas en Cuba, ni el consejo de los pocos políticos clarividentes que hemos tenido, como Aranda, Prim y Pí y Margall, hicieron mella en el cerril egoísmo de nuestras oligarquías turnantes.

Con una falta de cordura incomprensible en preclaros talentos, hombres como Castelar y Cánovas pensaban que Cuba —esa Cuba que nos aborrecía y cuya independencia, deseada por América entera, era inevitable— valía la pena de sacrificarle España. La frase efectista del célebre estadista conservador «hasta el último hombre y la última peseta», ha pasado a la historia cual testimonio elocuente de cómo en España puede llegarse al pináculo del Poder sin la prudencia y previsión necesarias para salvaguardar los primordiales intereses de una raza. Harto más hábiles fueron, en conflictos semejantes, otras naciones. Recuérdese a Portugal y Holanda conservando sus colonias, no obstante las codicias de las naciones más poderosas. ¡Qué pena pensar que la rectificación a tiempo de nuestro criterio político, en orden al régimen de las posesiones de Asia y América, hubiera conservado sin mermas el glorioso patrimonio de nuestros mayores!...

Al rectificar nuestra conducta, nada teníamos que inventar. Bastaba con imitar a Inglaterra, la maestra insuperable en las artes de la política, siempre atenta a las enseñanzas de la realidad. De la guerra separatista de los Estados Unidos sacó el gran principio de la autonomía, gracias a cuya leal y generosa aplicación cesó el movimiento emancipador de sus colonias, que, diversificadas en lo político, vemos hoy de cada vez más compenetradas en espíritu y sentimiento con la metrópoli[44]. Mientras tanto, nuestra evolución política en punto al gobierno colonial, consistió en pasar del régimen tutorial al régimen asimilista. Y cuando, apremiados por las circunstancias, pensamos en dictar reformas para Cuba, sólo se nos ocurrió planear incoloro simulacro de autonomía administrativa y política, es decir, una de esas medias medidas, exentas de generosidad, por igual aborrecibles a criollos y peninsulares, y que los temperamentos resueltos, en su odio a la metrópoli, rechazan siempre como burlas intolerables.

Si al menos, al terminar la primera guerra de Cuba, —que, como todas las contiendas civiles, acabó necesariamente en pacto— hubiéramos cumplido lealmente solemnes compromisos; si en vez de llevar a las Cortes fórmulas hábiles hubieran nuestros Gobiernos convertido en ley, como ofreció Martínez Campos, las condiciones de la paz del Zanjón, habríamos quizás evitado la segunda guerra separatista, y con ella el desastroso choque con los Estados Unidos... Hemos caído porque no supimos nunca ser generosos ni justos.

Pero con estas dolorosas digresiones pierdo de vista el asunto y falto además a formales promesas. Volvamos, pues, a San Isidro.

Mi labor médica en San Isidro era abrumadora, pues pasaban de 300 los enfermos. Por suerte, la patología resultaba poco variada y difícil: viruela (que hacía estragos en los negros), úlceras crónicas, disentería y paludismo. A cada una de tales dolencias aplicábase un tratamiento ritual.

Pero si el servicio profesional, aunque pesado, no ocasionaba graves quebraderos de cabeza, en cambio los daba, y grandes, el saneamiento administrativo del hospital. En San Isidro[45] buena parte de los empleados estafaban al Estado, desde el jefe de la guarnición hasta los practicantes y cocineros. Conforme era de presumir, el Quijote que yo llevaba en el cuerpo se me alborotó al tener noticia de tan innobles abusos, y me lancé resuelto a la pelea, precisamente cuando mi salud volvió a quebrantarse seriamente.

He aquí la técnica empleada por los defraudadores para vivir parásitamente a expensas de la administración.