A poco de mi llegada pude ya comprobar las excelencias de aquel lugar de expiación. Acababa precisamente de fallecer cierto capitán borracho y pendenciero, y se preparaban a embarcar en la plataforma liberadora, con paso débil y mirada desfalleciente, dos oficiales recién cumplidos. Para reemplazarlos, llegaron, a los pocos días, cierto capitán de Administración Militar medio loco, pero muy listo, y con quien por cierto mantuve ruidosas polémicas filosóficas, y tres oficiales de diversas Armas, acusados de promover escándalos y cometer muchos excesos en los cafés y demás centros de recreo. Eran gente alegre y dicharachera. Oyendo sus proezas, pasaba muy buenos ratos. ¡Qué de novelescas conquistas amorosas!... ¡Cuántos ingeniosos recursos para burlar la antipática vigilancia de maridos y papás! ¡Qué de infalibles ardides contra la bolsa de los usureros!...

Lám. XVII, Fig. 23.—Un fortín de la enfermería de San Isidro, en la Trocha del Este. La fotografía, tomada por mí al colodión, presenta en primer término la locomotora de tipo americano, con enorme chimenea de embudo.

Lo malo fué que tan amenas pláticas se acabaron pronto. Una o dos semanas después casi todos aquellos arrogantes Lovelaces cayeron en cama con calentura. Y cuando sonó la hora de la ansiada emancipación, arrojáronse del lecho, resueltos a no permanecer en San Isidro ni un minuto más. Dos de ellos fueron transportados al tren en camilla. Recuerdo que, al decirme adiós, miráronme con esa conmiseración con que el rescatado de Argel debía contemplar al cautivo sin esperanza.

Tal fué el idílico y apacible retiro con que me obsequió el Dr. Grau, en cumplimiento de atribuciones y deberes indiscutibles. No me quejé y no me quejo hoy. Al fin y al cabo, alguno había de cargar con el mochuelo.

No estará demás informar brevemente al lector de la significación del sistema defensivo de las Trochas militares.

Las trochas de Cuba eran caminos bordeados por fuerte empalizada, con o sin alambradas de refuerzo, y amparados cada 500 metros por blockhaus, donde vigilaban pequeños destacamentos de soldados. Cada 1.000 o más metros alzábase un fortín de madera, guarnecido por una compañía o fracción de ella. De distancia en distancia, levantábanse algunos poblados; en ellos la línea militar era defendida mediante puestos militares de cierta importancia, a cuya sombra protectora se amparaban enfermerías y almacenes.

La llamada Trocha del Este o del Bagá, aunque no terminada, extendíase de Norte a Sur unos 52 kilómetros, comprendía tres o cuatro hospitales de campaña, y secuestraba, en una inmovilidad enervante, varios miles de soldados. La trocha de Júcaro a Morón, mucho más larga, inmovilizaba ocho o diez mil, que había que renovar cada tres o cuatro meses. Épocas hubo en San Isidro, durante las cuales las tres cuartas partes de las guarniciones de la línea militar eran baja en las enfermerías; por donde quedaban blockhaus y fortines casi abandonados y a merced del enemigo.

En teoría, el plan —un tanto pueril— parecía bien pergeñado. Nuestros técnicos militares debieron quizá discurrir así: Afecta la gran Antilla figura de salchicha, con dos estrangulaciones centrales divisoras del territorio en tres principales departamentos: el de las Villas y Occidental, rico y floreciente, y cuya tranquilidad importaba mucho asegurar; el Central o del Camagüey, donde la insurrección tuvo siempre tenaces partidarios, y, en fin, el oriental (Bayamo, Holguín, Santiago, etc.), donde la rebelión alcanzaba todo su auge. «Si cortamos la isla de Norte a Sur —debieron pensar nuestros estrategas— por las susodichas escotaduras, mediante empalizadas y series de fortines, quedarán convertidas aquellas regiones en perfectos compartimentos estancos. Y una vez acabadas, las trochas serán eficaces desde luego para preservar del contagio revolucionario al próspero departamento de las Villas, fuente de valiosos recursos; y además para que un ejército relativamente pequeño vaya limpiando, sucesiva y metódicamente, de insurrectos cada compartimento estanco.»

Los repetidos reveses de la campaña probaron, sin embargo, que las trochas constituyeron grave error militar. Acaso la de Júcaro a Morón prestó al principio, cuando las partidas revolucionarias alcanzaban exiguos contingentes o constaban de soldados poco aguerridos, servicios positivos; pero ulteriormente, los inconvenientes superaron con mucho a los harto discutibles beneficios. Todo el mundo pudo ver, y ello consta en las manifestaciones del general Portillo y en las representaciones al Gobierno del Capitán general Concha, que aquellas inexpugnables murallas de la China eran tácticamente ineficaces. Atravesábanlas impunemente los insurrectos (recuérdese, entre otros cruces célebres, el de la trocha del Júcaro realizado por Máximo Gómez en 1874, para propagar el fuego de la rebelión a las Villas); inmovilizaban sin fruto copioso ejército que habría sido eficacísimo en operaciones de persecución activa; aumentaban en grado indecible, particularmente durante la época de las lluvias, las bajas por enfermedad (¡muchos fortines se alzaban en marismas y pantanos!...); y, en fin, consumieron en trabajos de explanación, fortalezas, construcción de estacadas, entretenimiento de hospitales y depósitos de víveres y medicamentos, sumas fabulosas. Y esto precisamente cuando los apuros económicos de la metrópoli, casi huérfana de crédito y desangrada por dos tremendas guerras peninsulares, eran abrumadores.