En vista de mi relativa convalecencia, el jefe de Sanidad, Dr. Grau, agregóme al Cuerpo de médicos de guardia del Hospital Militar de Puerto Príncipe, donde alterné con algunos amigos de la Península, y tuve el gusto de conocer al Dr. Ledesma[41], que sobresalía ya como operador habilísimo.

Mes y medio permanecí en la ciudad. Fué la época más agradable de mi estancia en Cuba. Todas las tardes concurrían al Café del Caballo Blanco, entre otros camaradas, Joaquín Vela y Martín Visié, excelente amigo y condiscípulo. No obstante mis andanzas por cafés, casinos y tertulias caseras, tuve la entereza de resistir a los tres grandes vicios de nuestra oficialidad: el tabaco, la ginebra y el juego. Verdad que no estaba yo para trotes.

El alcoholismo, sobre todo, hacía estragos en el ejército. Del coñac y de la ginebra, mejor aún que del vómito, podía decirse que eran los mejores aliados del mambís. Fumando de lo más caro, y bebiendo ginebra y ron a todo pasto, no era extraño que muchos jefes y oficiales decayeran física y moralmente. Además, retenidas las pagas, pasaban apuros económicos.

También yo luché con dificultades de este género, aunque por causas independientes de mi voluntad. Durante mis cuatro meses de permanencia en la isla no había recibido sino la primera paga de capitán (125 pesos oro). En vano remitía mensualmente a la Habana los justificantes de haberes. La penuria económica de los médicos de enfermerías no obedecía sólo al clásico desbarajuste de la administración española; debióse también al desfalco de un tal Villaluenga, farmacéutico del Hospital Militar de la Habana y habilitado general del Cuerpo de Sanidad, el cual se fugó a los Estados Unidos en compañía de 90.000 pesos y de una pelandusca.

En esto del cobro de las pagas reinaba desigualdad irritante. Los médicos militares de servicio en las capitales percibían puntualmente sus haberes; para los médicos de batallón solían retrasarse algo, si bien disponían del recurso de percibir anticipos de la caja del regimiento o de empeñar pagas devengadas en casas de comercio; pero los pobretes que prestábamos servicios en trochas o en enfermerías de campaña, dependíamos en lo económico de la Habilitación general de la Habana, y, sin relaciones de amistad con el comercio de las ciudades, quedábamos frecuentemente desamparados.

Tal me ocurrió a mí. Habiendo expuesto al Dr. Grau mi precaria situación, tuvo la bondad de gestionar entre los compañeros un préstamo (125 pesos) a reintegrar, como era justo, de mis haberes atrasados. En aquellas azarosas circunstancias, mi demanda era inexcusable. Supe, sin embargo, con sorpresa, gracias al amigo Visié, que aquel guante en favor de un compañero había desagradado profundamente. «¿Qué hombre es éste —decían— que, a poco de estar en la isla, demanda una limosna para vivir?... Apele, como los demás, al crédito; que se espabile y sacuda su cortedad de genio»[42].

En efecto; yo fuí siempre poco espabilado; pero en aquella ocasión mis compañeros deslucieron una buena acción con una injusticia. ¡No se hacían cargo de que había pasado cuatro meses en un desierto, y de ellos tres gravemente enfermo!... ¡Mi crédito!... ¿Pero qué mercader de Puerto Príncipe se hubiera arriesgado a prestar su dinero a un pobre diablo desconocido, de figura espectral, y condenado, verosímilmente, a extinguirse en breve plazo en cualquier rincón de las trochas?

El fallecimiento del médico director de la enfermería de San Isidro en la Trocha del Este, puso fin a mi situación provisional de profesor de guardia en Puerto Príncipe. Sin considerar que había en disponibilidad otros ayudantes médicos más modernos que yo, ni fijarse en que mi salud distaba mucho de estar consolidada, el Dr. Grau designóme para reemplazar al compañero fallecido, quien, por cierto, había sustituído a su vez a otro médico caído también en el cumplimiento del deber. Acepté dócilmente el nuevo cargo, aunque, a la verdad, hízome poca gracia entrar en fila macabra con mis desdichados antecesores.

La enfermería de San Isidro era uno de los varios hospitales de campaña anejos a la trocha militar del Este, la cual comenzaba en Bagá, pequeña población de la amplia bahía de Nuevitas. Emplazada en terreno bajo y pantanoso, ofrecía, si cabe, mayor insalubridad que Vista Hermosa, a la que llevaba solamente la ventaja de superior facilidad en comunicaciones y aprovisionamientos. Porque entre San Isidro y San Miguel de Nuevitas, la principal ciudad de la trocha, no lejos de Bagá, circulaba diariamente cierto tren militar o plataforma, como nosotros lo llamábamos. Para proteger el hospital de campaña, vasto cobertizo capaz para 300 enfermos, alzábase recio fortín, cuadrado, destinado a la guarnición. Algunos pobres bohíos, habitados por lavanderas y obreros negros de la trocha, completaban el exiguo poblado, que dependía en absoluto de San Miguel, para los suministros de víveres y demás operaciones comerciales.

Mala suerte tuve al adjudicárseme aquel destino. De las deficiencias higiénicas de San Isidro certificaban, de una parte, la guarnición, casi siempre enferma en sus dos tercios; y, de otra, el hecho singular de haber sido escogido dicho paraje —vasta sabana cruzada por ciénagas— como lugar de corrección de oficiales borrachos y calaveras. Uno o dos meses de destierro en San Isidro considerábase como recurso heroico capaz de domar las más enconadas rebeldías. Se decía, y no a humo de pajas, que, acabada la suave condena, los oficiales levantiscos mostraban la más dulce de las tranquilidades: los unos, por la sencilla razón de haberse muerto; los otros, por yacer impotentes en el lecho del dolor...