Por aquellos meses hubo en Vista Hermosa cierta alarma que nos reveló la entereza y decisión de mis enfermos. Sería la del alba cuando nos sorprendió tumulto de voces y descargas. Arrojéme de la cama, vestíme sumariamente, y me informaron de que cierta partida enemiga, emboscada en la vecina manigua, trataba de sorprendernos. En efecto, vislumbrábase entre los árboles agitación de jinetes y peones, la mayoría negros y mulatos. Apercibido a tiempo el jefe de nuestro poblado, tomó rápidamente medidas defensivas, y, lleno de interés hacia mí, me ofreció amparo en la fortaleza.

—No tenga usted cuidado —le dije—. Si los mambises atacan el hospital, sabremos defendernos; en todo caso, mi deber es permanecer al lado de los enfermos.

Todo esto ocurrió en un santiamén. Habíame acometido la accesión febril, y hallábame en un estado de exaltación casi delirante. No obstante, empuñé un fusil, me proveí de cartuchos y recorrí las camas, invitando a los enfermos menos graves a la común defensa. La mayoría de ellos, aun los postrados por la calentura, incorporáronse en el lecho y descolgaron el Remington. Los que podían tenerse de pie se concentraron en los bastiones del barracón; los imposibilitados arrodilláronse en la cama, y desde ella y sacando el fusil por las ventanas, apuntaban al enemigo. Una descarga respondió al tiroteo de los mambises.

Mas los insurrectos, al encontrarnos tan apercibidos, retiráronse sin intentar repetir la hazaña de Cascorro, otro poblado como el nuestro, donde semanas antes habían sorprendido y macheteado a la guarnición y a los enfermos.

Una vez más se frustraba, por fortuna, mi loco anhelo de bélicas contiendas. En mi entusiasmo olvidaba a menudo que mi cometido no era batirme, sino curar enfermos. Como se ve, el ansia de notoriedad, de vanagloria, me perseguía hasta en el lecho del dolor...

Mi enfermedad, como dejo apuntado, marchaba de mal en peor. En vista de lo cual, solicité del inspector de Sanidad de Puerto Príncipe un mes de licencia. Aunque con dificultades y regateos de tiempo (faltaba personal para reemplazarme), se me otorgó al fin. Arribado a la capital del Camagüey, un tratamiento racional, y más que nada la cesación de nuevas infecciones, me aliviaron mucho. La fotografía aquí reproducida no da suficiente idea del aspecto chupado y anguloso de mi rostro, aun en la época de máxima reparación. En realidad, había caído en ese estado de decadencia orgánica conocido con el nombre de caquexia palúdica, que debía prolongarse muchos años, y de cuyas lejanas repercusiones morbosas soy todavía víctima.

Lám. XVI, Fig. 25.—Fotografía hecha en Puerto Príncipe, después de convalecer del paludismo contraído en Vista Hermosa.

Lám. XVI, Fig. 26.—Otra fotografía donde aparecen dos amigos hospedados en la fonda El Caballo Blanco. (Puerto Príncipe).