El pueblo de Vista Hermosa constituía un pequeño poblado extendido por las faldas de suave altozano, rodeado de extensos maniguales. En la eminencia más culminante alzábase sólido fortín cuadrado, construído con gruesos troncos de árbol y surcado de aspilleras. En él se alojaba una compañía (harto mermada por las enfermedades) a las órdenes de un capitán. A corta distancia estaba emplazado el hospital, enorme barracón de madera, con techo de palma y capaz para unas 300 camas. En los ángulos periféricos orientados hacia la manigua, destacábanse dos robustos torreones, reforzados por parapeto de troncos. Al abrigo del fuerte y de la enfermería, únicos edificios de alguna importancia, extendíanse los almacenes y algunas pobres rancherías de chinos y negros. En los alrededores veíase un descampado, limpio de bosque, cuya maleza exuberante había que segar con frecuencia, para que no invadiera los barracones con su pujante crecimiento, ni facilitara, por tanto, las sorpresas del vigilante enemigo.
Cada mes nos enviaban desde Puerto Príncipe las raciones necesarias para el hospital y guarnición, aprovechando al efecto el tránsito de columnas de operaciones. En el intervalo, quedábamos absolutamente incomunicados con el mundo, siendo peligrosísimo aventurarse en la manigua más de un kilómetro, pues los mambises nos espiaban; casi todos los días había tiroteo entre ellos y los centinelas.
Por aquella época, la enfermería puesta a mi cuidado albergaba más de 200 enfermos, casi todos palúdicos o disentéricos, procedentes de las columnas volantes de operaciones en el Camagüey.
Dormía yo junto a mis pacientes, dentro de la gran barraca, en un cuartito separado del resto por tabique de tablas. Además de cama y mesa, contenía mi departamento, en pintoresca mescolanza, fusiles de los soldados muertos, cartucheras y fornituras de todas clases, cajas de galletas y azúcar, botes de medicamentos, singularmente del sulfato de quinina, la providencia del palúdico en los países tropicales. Con cajones y latas vacías, dispuse en un rinconcito un laboratorio fotográfico y construí el estante destinado a mi exigua biblioteca.
Al principio, no obstante la fatiga y las emociones inherentes al cuidado de tantos enfermos, lo pasé bastante bien, amenizando mis ocios con la lectura, el dibujo y la fotografía. Por fortuna, como ya sabe el lector, la ausencia de vida social la he soportado siempre bien, gracias al noble vicio pictórico y a mi incansable afición por la lectura.
Pero contra los microbios nada valen las seducciones del arte ni las expansiones de la imaginación. El espíritu se mantenía bien, pero entretanto el cuerpo decaía. Ni la ración alimenticia, compuesta de pan, galletas, arroz y café, era la más adecuada para criar buena sangre. En vano pretendía entonar el organismo agregando al menú, de tarde en tarde, tal cual plátano o coco, arrebatados eventualmente por algún negro merodeador de ingenios abandonados.
Al fin flaqueó mi resistencia y caí enfermo de paludismo. Nubes de mosquitos nos rodeaban: además del Anopheles claviger, ordinario portador del protozoario de la malaria, nos mortificaban el casi invisible gegén, amén de ejército innumerable de pulgas, cucarachas y hormigas. La ola de la vida parásita nos envolvía por todas partes.
¡Qué cosa más triste es la ignorancia! Si, por aquella época, hubiéramos sabido que el vehículo exclusivo del paludismo es el mosquito, España habría salvado miles de infelices soldados, arrebatados por la caquexia palúdica en Cuba o en la Península... Para evitar o limitar notablemente la hecatombe, habría bastado proteger nuestros lechos con simples mosquiteros o limpiar de larvas de Anopheles las vecinas charcas.
Nada remediaba el tomar dosis heroicas de sulfato de quinina. Por de pronto se mejoraba; mas, transcurridos algunos días, volvía la accesión. Ésta vino a ser en mí diaria, a causa, sin duda, de reinoculaciones muy próximas del plasmodium. Entretanto, había perdido el apetito y las fuerzas; el bazo se hipertrofiaba; la color hízose terrosa; andaba premiosamente, y la anemia, ¡la terrible anemia palúdica!, se iniciaba con todo su cortejo de síntomas alarmantes. Al fin quedé postrado, siéndome imposible atender a los enfermos. Un practicante estulto me suplía; todo iba manga por hombro. Para colmo de desdicha, ¡al paludismo se agregó la disentería!...
¡Oh el admirable optimismo de la juventud!... Mi vida estaba tan seriamente amenazada como la de los infelices soldados disentéricos, tuberculosos y palúdicos que morían en torno mío; y, con todo eso, abrigaba tal confianza en la fortaleza de mi constitución, que, en cuanto abonanzaban los síntomas, aprovechaba mi forzoso reposo en aprender el inglés, a cuyo efecto habíame procurado en la Habana buen golpe de libros e ilustraciones yanquis, amén del indispensable Ollendorff. Creía firmemente que, en cuanto pudiera sustraerme a la influencia de aquellos miasmas (entonces se creía en los miasmas de los pantanos como causa de paludismo), recobraría rápidamente la salud. Tengo por seguro que mi profunda confianza en la vis medicatrix me salvó.