Por cierto que la enfermería que yo debía regentar era de las más peligrosas e incomunicadas: la de Vista Hermosa, perdida en plena manigua, dentro del distrito de Puerto Príncipe, en medio de un país asolado y despoblado por la guerra.
Días después del reparto de plazas, zarpó el vapor que debía conducirnos a Nuevitas; en él nos embarcamos algunos médicos destinados al Departamento central, con buen golpe de tropas de refresco para cubrir bajas. Un tren blindado nos trasladó en pocas horas desde Nuevitas, al través del manigual desierto, a la capital del Camagüey. Alojéme en la famosa Fonda del Caballo Blanco, donde se hospedaron también mis camaradas Vela y Sánchez Herrero. En fin, transcurridos algunos días de descanso, incorporéme a mi destino, aprovechando la marcha de una columna volante, encargada de racionar la citada enfermería de Vista Hermosa.
Por cierto que ya en marcha, durante un alto de la columna, y bajo el techo de estancia abandonada, tuve por primera vez noticia del próximo advenimiento de la restauración monárquica. Invitado a tomar café con algunos jefes y oficiales, cierto comandante aragonés sorprendióme con esta pregunta, disparada a quemarropa:
—Usted, que acaba de llegar de España, ¿qué me cuenta de la conspiración que debe proclamar a D. Alfonso?
—Creo —murmuré— que la República conservadora merece la confianza del Ejército.
—Bien veo, paisano, que vive usted en el limbo. ¡Cómo!... ¿Ignora usted que todo el Ejército, sin excepción, es alfonsino, y que cualquier día, pese a la resistencia de los politiquillos, caerá la República?...
Lleno de estupor, dirijo una mirada interrogativa al coronel, jefe de la fuerza, para leer en sus gestos alguna señal de reprobación, o al menos de contrariedad... Todo lo contrario. Pronto comprendí que lo expresado por mi paisano era diaria comidilla de la oficialidad, y que el Ejército de Cuba, como el de la Península, se había pasado en masa al campo alfonsino.
En vano Castelar, con su prudencia política y espíritu oportunamente conservador, trabajaba por consolidar definitivamente la República, ideal de la Revolución: el recuerdo de la indisciplina militar y de las vergonzosas escenas de Cartagena, la habían matado definitivamente en el corazón del Ejército y en el pensamiento de las clases directoras del país. El golpe de Estado de Pavía era indeclinable.
Entonces acudieron a mi memoria ciertos hechos presenciados en Cataluña, acerca de cuya significación no había parado mientes. Cuando nuestra columna pernoctaba en alguna villa importante, los oficiales tertulianos del café o del casino se escindían en dos grupos: la masa principal, con el coronel a la cabeza, agrupábase en una o varias mesas próximas, cuchicheando de política; mientras que cierto pequeño contingente, constituído por oficiales o jefes de procedencia republicana, formaba rancho aparte. Dábase, pues, el caso singular de que, en plena República, los oficiales republicanos (cuyo número disminuía incesantemente) vivían como avergonzados de su origen, y eran tratados desconfiadamente y casi con hostilidad por sus camaradas monárquicos.
Los sucesos hicieron pronto buenas las profecías del comandante. Sabido es que poco después (29 de Diciembre de 1874) sobrevino la sublevación de Sagunto y la proclamación de D. Alfonso XII.