Quizás fué grave mal para la prosperidad económica de la América española el no haber, desde el principio, aprovechado preferentemente para la empresa colonizadora nuestras fuertes razas del Norte, laboriosas, económicas y desbordantes de natalidad, en lugar de recurrir predilectamente a la gente andaluza y extremeña, inteligente, generosa y capaz de todos los heroísmos, según acredita la historia, pero de inferior aptitud para las fecundas luchas del comercio y de la industria.

Acerca de mis emociones de turista en la capital de las Antillas, concretaréme a decir que todo atraía mi curiosidad y en todo hallaba ocasión de asombro y enseñanza. La extraña mezcla de razas circulantes por las calles; la suntuosidad de los parques, donde además de flores peregrinas y de pitas gigantescas, crecía la altísima palmera real; los sabrosos frutos del país, como el plátano, el coco, el mango y la piña; los árboles frondosísimos de hoja perenne, entretejidos de bejucos o lianas trepadoras; un cielo tan pronto azul como gris, pronto a desatarse en furiosas tormentas; y por encima de aquella naturaleza desbordante, que parecía entonar un cántico a la vida, el padre sol cayendo a plomo, y como plomo derretido, sobre nuestras cabezas...

Cuando se codicia ardientemente algo, la realidad suele burlar la esperanza. Pero a mí no me defraudó el deseo: ante la realidad palpitante, las imágenes de los libros conservaron sus prestigios. Por donde vivía como soñando o como sumergido en una especie de encantamiento.

En algunas cosas, no obstante, sufrí decepción; por ejemplo: en las famosas selvas vírgenes, tan celebradas por los poetas románticos. Ante mis interrogaciones reiteradas, las gentes del país me señalaron la manigua. Pero la impresión causada por ésta fué insignificante. En vez del bosque milenario, no profanado por planta humana, me encontré con vulgar matorral sembrado de arbustos y pequeños cedros y caobos creciendo en desorden. Consoléme hasta cierto punto, considerando que las necesidades de la colonización habían impuesto el descuaje de la primitiva selva. Ni era cosa de establecer cercados de bosque, a guisa de vedados de caza, para deleite de los futuros amantes de la naturaleza. ¡Lástima no haber arribado cuatro siglos antes, cuando los compañeros de Colón hollaron tantas excelsas virginidades!...

De la fauna quedé también mediocremente satisfecho. Escaseaban los animales indígenas, y los que veía resultaban poco imponentes. Ni un jaguar, ¡ni siquiera una triste serpiente de cascabel!... En mis correrías por los alrededores de la ciudad, sólo pude sorprender el vulgarísimo gorrión cosmopolita, pájaro importado de España; algunos cuervos y tordos, y cierta avecilla menuda y nada vistosa, llamada por los guajiros vigirita. (Aludiendo sin duda a la flojedad y delicadeza de este pajarillo, nuestros soldados designaban vigiritas a los criollos, y particularmente a los mambises o insurrectos; en cambio, los peninsulares éramos llamados gorriones y patones). Solamente enjaulados, admiré al polícromo papagayo de las Antillas y algunos preciosos ejemplares de colibrís del Perú.

Contrarióme asimismo la total extinción de la raza indígena. En su lugar, y entregada a las más rudas faenas, se mostraba la raza negra y sus variados mestizajes, de que los cargadores del muelle constituían arrogantes ejemplares. En cuanto al criollo, me hizo la impresión de pálida planta de estufa, vegetando muelle y parásitamente a expensas de la savia del africano o del mulato. Alguna vez, sin embargo, encontré entre los criollos tipos activos y robustos; mas por lo común, y salvadas algunas excepcionales complexiones, la raza blanca parecióme incapaz de resistir los ardores y peligros del clima tropical. El blanco degenera allí rápidamente. Aludo, naturalmente, al europeo ocupado en las faenas agrícolas y expuesto, por tanto, a muchedumbre de parásitos, de que son, a menudo, portadores los mosquitos (paludismo, fiebre amarilla, etc.). Claro es que el cubano, confinado en las urbes, entregado al comercio o a profesiones ajenas al esfuerzo muscular y al rigor del aire libre, resiste mucho mejor los efectos enervadores del clima; así y todo, su vigor sólo se mantiene a costa de reiteradas inoculaciones de sangre europea.

En virtud de esta exquisita acomodación a la vida sedentaria, la mujer cubana no sólo ha conservado mejor que el hombre el tipo de la raza, sino que ha afinado su delicada feminidad, adquiriendo, así en lo espiritual como en lo físico, dulzuras y suavidades excepcionales o desconocidas en las bellezas de Europa. Esto explica por qué la mayoría de nuestros jefes y generales ultramarinos cayeron en las redes de aquellas lánguidas e irresistibles hermosuras.

En estas exploraciones y novelerías transcurrió cerca de un mes. Terminado el período de aclimatación, hízose necesario distribuir el personal médico recién venido de la Península. A tal propósito, fuimos cierto día convocados los candidatos en la Inspección de Sanidad; allí se nos informó de las plazas vacantes. Las había de médicos de regimiento en las columnas de operaciones; de profesores de guardia en los hospitales urbanos y, en fin, de directores de enfermerías de campaña.

Si el lector tiene presente el carácter sandiamente quijotesco del autor de este libro, deducirá fácilmente que me sería adjudicado uno de los peores destinos. Y así fué, en efecto. Inspirado en sentimientos de equidad y abnegación, por nadie agradecidos, me abstuve de presentar las cartas de recomendación. Quise correr mi suerte o, mejor dicho, la suerte que no quisieran correr mis compañeros; los cuales, harto más prácticos y ajenos a mis escrúpulos, removieron cielo y tierra para asegurarse las plazas de hospital, verdaderas sinecuras, o, en su defecto, las de médico de batallón. Para los tontos o desvalidos quedaron reservadas las enfermerías de la manigua y de las trochas, estaciones aisladas, de difícil aprovisionamiento, y extraordinariamente insalubres.

Claro es que también el médico de batallón en campaña corría serios peligros; pero tenía al menos la ventaja de cobrar puntualmente. Sabía, además, que, tras algunos días de excursión por la manigua, podría regresar a la capital del distrito para restaurar fuerzas, remendar alifafes y participar de las satisfacciones de la vida social.