Y cuando me dijeron después que toda la actividad comercial y marítima de Cádiz había sido absorbida por Barcelona, siendo poquísimos los barcos nacionales y extranjeros que hacían escala en aquella ciudad, encontré semejante resultado la cosa más natural del mundo.


CAPÍTULO XXIII

Llegada a la Habana. — Soy destinado al hospital de campaña de «Vista Hermosa». — Enfermo, al poco tiempo, de paludismo. — Aprovecho mi forzada quietud para aprender el inglés. — Mi dolencia se agrava y se me concede licencia para convalecer en Puerto Príncipe. — Iniciada mi mejoría, soy destinado a la enfermería de San Isidro en la «Trocha del Este». — La vida en la Trocha. — Música a la luz de la luna. — Mis cándidos quijotismos me impulsan a corregir abusos administrativos, y sólo consigo que me empapele el jefe de la fuerza.

La travesía hasta Puerto Rico y Cuba hízose con mar bella y excelente humor. Por entonces la Compañía Trasatlántica de Comillas daba buen trato, y no faltaban a bordo distracciones, sin contar la murmuración, socorrido recurso de todos los pasajes. Pero a mí me han interesado siempre muy poco las chinchorrerías y comadreos. De día concentraba mi atención en el magnífico espectáculo del mar: el vuelo de las gaviotas, la persecución de los tiburones, el salto de los peces voladores y esas como flores flotantes, de aspecto gelatinoso y sutil, que se llaman medusas, sifonóforos, etc., etc. Llegada la noche, me abismaba en la contemplación de aquel cielo, cuyas constelaciones se renovaban conforme nos aproximábamos al ecuador. Hasta en el negro oleaje encontraba sorpresas cautivadoras. En noches de calma no se limitaba a copiar pasivamente las luces del firmamento, sino que irradiaba profundos y misteriosos fulgores. Y mi curiosidad infantil se embelesaba persiguiendo la estela fosforescente dejada por enjambres de noctilucos, excitados por la formidable sacudida de la hélice. Como se ve, mi afán de nuevas impresiones íbase satisfaciendo.

Hacia el día décimosexto de la navegación surgió muy de mañana la ciudad de San Juan de Puerto Rico, con su imponente fortaleza militar y su blanco caserío, dispuesto en pintorescas graderías. Impaciente por pisar la tierra descubierta por Colón, aproveché el alto del vapor para corretear la ciudad y la campiña inmediata, donde observé sorprendido algunas muestras de la flora tropical. En fin, reanudado el viaje, dos días después arribamos a la Habana.

Maravilloso e inolvidable es el panorama de la populosa capital cubana vista desde lejos. A la izquierda, conforme se entra en la bahía, se impone, con su mole formidable, el castillo del Morro, erizado de cañones y comparable por su figura y posición al de Monjuich; y, a la derecha, dilátanse, en serie interminable, casas, palacios y quintas entrecortados por bellísimos jardines donde descuellan elegantes palmeras. En fin, ya dentro de la bahía, especie de hoz recortada por innumerables calas y promontorios, se descubre el puerto, frontero del barrio comercial; mientras que hacia el fondo álzanse varias colinas verdes cuyas faldas salpican pintorescos arrabales.

Fuera inoportuno detenerme a describir las harto conocidas bellezas de la Habana y de su fértil campiña. Tampoco entra en mis cálculos referir menudamente mis impresiones de viajero. Me concretaré solamente a declarar que la primera gran ciudad americana visitada por mí parecióme mera continuación de Andalucía. En efecto, andaluza es el habla, dulzona y matizada con graciosos ceceos; andaluzas las casas (formadas de planta baja y principal), con sus encantadores patios y jardines, y andaluz el espíritu fino y soñador, pero lánguido y perezoso, del criollo.