—A mí me entusiasma extraordinariamente —decíame Cenarro— el Ejército, y sobre todo la Sanidad Militar. Sólo esta carrera es capaz de satisfacer el ansia más viva de mi alma, que consiste en cambiar diariamente de escenario y presenciar espectáculos emocionantes y pintorescos. Un destino en Puerto Rico, Cuba, África o Filipinas, me haría el más dichoso de los hombres...

—Coincido —contesté— en absoluto con tus opiniones. También yo estoy asqueado de la monotonía y acompasamiento de la vida vulgar. Siento sed insaciable de libertad y de emociones novísimas. Mi ideal es América, y singularmente la América tropical, ¡esa tierra de maravillas, tan celebrada por novelistas y poetas!... Sólo allí alcanza la vida su plena e ideal expansión. En nuestros climas hasta las plantas parecen raquíticas y como temerosas del inevitable letargo invernal. Orgía loca de formas y colores, la fauna de los trópicos parece como imaginada por artista genial, preocupado en superarse a sí mismo. ¡Cuánto daría yo por salir de este desierto y sumergirme en la manigua inextricable!...

Los dos amigos satisficimos al fin nuestra ardiente curiosidad. Pocos años después del precedente diálogo, Cenarro, convertido en médico militar, vivía en Tánger, agregado a la Embajada española. Allí pudo estudiar a su sabor costumbres exóticas y razas diversas. En cuanto a mí, transcurridos menos de dos años, encontrábame sumergido en aquella tan admirada manigua antillana; en aquellas selvas sombrías, tan tristes y dolorosas en la realidad como seductoras e idílicas en las teatrales y afectadas descripciones de Bernardino de Saint Pierre. Los encomiadores de la naturaleza tropical sólo habían olvidado un pequeño detalle: que aquel paraíso del reino de las plantas es sencillamente inhabitable para el hombre...

Pero volvamos al asunto. Persuadido mi padre de que la resolución de su primogénito era inquebrantable, trató de dulcificar en lo posible mi futura suerte en las Antillas. Al efecto, procuróme cartas de recomendación para el Capitán general y otros personajes de la isla de Cuba. Confiaba en que, merced a ellas, se me destinaría a un puesto relativamente salubre, por ejemplo, a una guarnición en Puerto Príncipe, Santiago o la Habana.

Provisto, pues, de mis cartas y recibida la paga de embarque, me trasladé a Cádiz, donde debía zarpar el vapor España con rumbo a Puerto Rico y Cuba. Allí nos juntamos varios compañeros, entre ellos A. Sánchez Herrero[39], a quien acompañaba su señora, y Joaquín Vela, simpático paisano y casi condiscípulo mío, pues había terminado la carrera un año antes que yo.

La impresión que me produjo la tacita de plata, con sus casas blancas, sus calles aseadas, rectas, cruzadas en ángulo recto y oreadas por la brisa del mar, fué excelente. No fué tan grata la causada por los gaditanos. Acaso por mi aire de doctrino, que invitaba a la burla, o por el hábito consuetudinario de explotar sin conciencia al forastero, ello es que, en los dos o tres días pasados en la ciudad andaluza, sólo tuve reyertas y desazones.

Ya, al salir de la estación, topé con una caterva de faquines y granujas que, sin hacer caso de mis protestas, repartióse instantáneamente mis efectos; y al llegar al hotel (recuerdo que era el Hotel del Telégrafo), se armó formidable trapatiesta sobre si éste llevó un paraguas, esotro una maleta, aquél un bastón y el de más allá creyó recibir la orden de cargar con el baúl, adelantándosele un compañero... Poco menos que a trompadas tuve que sosegar a aquella chusma, amén de repartir buen puñado de pesetas; y eso ante las barbas de los representantes de la autoridad, que lo tomaban todo a chacota.

Llegado el siguiente día, visité algunos comercios. Sorprendióme el escandaloso precio de las prendas de uso común: por un sombrero que en Madrid costaba veinticuatro reales, pedíanme en todas las tiendas cincuenta. Un compañero más avisado que yo me aclaró el enigma, informándome que los marchantes gaditanos estaban confabulados para saquear metódica y despiadadamente al forastero, singularmente al indiano, encareciendo hasta el doble el costo de las ropas, sombreros y artículos de viaje[40]. En las calles, resultaba vejatorio preguntar a un mirón o a un mozo de cuerda, porque a seguida alargaba la mano para cobrarse el servicio. Tan en las entrañas de aquella gente estaba la explotación inconsiderada del extraño, que hasta los mozos del hotel cobraban un tanto por ciento por cada viajero conducido a tiendas, cafés o casas de recreo.

Para terminar con estas enfadosas sacaliñas, referiré lo que me ocurrió al embarcarme. Ajusté un bote en el puerto para abordar el vapor, y hacia el comedio de la travesía, se me plantó el patrón. Y dejando los remos, me advierte «que por reinar furioso levante debía yo, según tarifa, abonarle el doble y por adelantado». A todo esto faltaba media hora escasa para la salida del trasatlántico. Exasperado por el cinismo del patrón y harto de sonsacas y burlas, fuíme derecho al truchimán, y agarrándole por el cuello le grité con voz colérica: «¡O rema usted con toda su alma, o le rompo ahora mismo el bautismo!...» Por fortuna, al sentir las rudas caricias de mis puños, amansóse el granuja, tornando con ardor a la faena y murmurando «que todo había sido pura broma». El terrible levante se había desvanecido en un santiamén.

Supongo que, desde tan remota fecha, las cosas habrán cambiado mucho, y que las autoridades locales, celosas del buen nombre de la ciudad y atentas a la salvaguarda de sagrados intereses económicos, se habrán dado maña para desterrar tamaños excesos. Porque estas cosas, que parecen pequeñas, tienen suma trascendencia para la prosperidad de un emporio comercial. En cuanto a mí, quedé tan escarmentado, que jamás, ni aun habiendo pasado después varias veces en mis jiras andaluzas cerca de la patria de Columela, he sentido tentación de visitarla. Hay abusos que no se olvidan jamás.