En las casas donde se celebraban reuniones, y hasta en las familias más modestas, las señoritas tenían a gala hablar castellano, y se desvivían por hacer agradable nuestra estancia. Consideraban el catalán cual dialecto casero, adecuado no más a la expresión de los afectos y emociones del hogar. Y este sentimiento de adhesión al ejército y a España no latía solamente en las modestas villas del llano de Urgel y del Priorato, agradecidas a nuestra protección; alentaba en todas las provincias catalanas.
Siempre recuerdo con gratitud la acogida generosa de mi patrón de Sallent, cierto médico veterano, padre de numerosa prole. Al verme calado por la lluvia, fatigado por varias horas de marcha y aterido de frío, la familia del huésped me recibió afablemente, colmándome de delicadas atenciones. Encendieron lumbre, no obstante lo avanzado de la noche; prepararon suculenta cena y abrigáronme con ropa enjuta mientras se secaba a la llama el uniforme. Por cierto, que una de las hijas del médico, esbelta y rubia como una Gretchen, causóme viva impresión. En suma, la amable señora e hijas de mi patrón diéronme, con sus cariñosas solicitudes, la impresión que debe sentir el hijo aventurero reintegrado al hogar y acogido en el cálido regazo maternal.
¡Entonces los laboriosos catalanes amaban a España y a sus soldados!... Después... no quiero saber por culpa de quiénes, las cosas parecen haber variado.
En Abril del año 1874 recibí la orden de trasladarme al ejército expedicionario de Cuba. Por aquel tiempo recrudecióse la guerra separatista en la Gran Antilla, motivando en la Sanidad Militar de la Península nuevos sorteos de personal para cubrir las bajas de Ultramar. Yo fuí uno de los designados por la suerte. El paso a Cuba implicaba el ascenso al empleo inmediato, es decir, la graduación de capitán (primer ayudante médico).
Me despedí, pues, con pena de mis paternales patrones de Tárrega y Cervera, a quienes ya no debía volver a ver, así como del regimiento de Burgos, en que dejaba inolvidables amigos, entre los cuales incluyo a mis practicante y asistente. Después, satisfaciendo deseos largamente incubados, hice una escapada de turista a Barcelona para admirar el mar, que no conocía (y en el cual iba a navegar dieciocho días seguidos), curiosear los barcos del puerto y subir al Castillo de Monjuich. Desde allí contemplé embelesado el soberbio panorama de la ciudad; la llanura salpicada de fábricas y casas de campo, y el famoso Tibidabo, coronado de pinos. En fin, satisfecha mi curiosidad, regresé a Zaragoza.
Mi afán de ver tierras y abandonar la Península contrarió mucho a mi padre. Trató, pues, de disuadirme del viaje, aconsejándome la petición de la licencia absoluta. Pintóme con los más negros colores la insalubridad de la isla y el peligro de una campaña en la cual me exponía a perecer obscuramente; me recordó que mi porvenir se cifraba en el profesorado y no en la milicia; apuntó, en fin, el temor de que, a mi regreso de Cuba, naufragaran mis conocimientos anatómicos, tan laboriosamente adquiridos, dando además al olvido ambiciones generosas.
Mas yo, tenaz siempre en mis propósitos, atajé sus razones, diciendo que consideraba vergonzoso desertar de mi deber, solicitando la licencia. «Cuando termine la campaña será ocasión de seguir sus consejos; por ahora, mi dignidad me ordena compartir la suerte de mis compañeros de carrera y satisfacer mi deuda de sangre con la patria.»
A fuer de sincero declaro hoy que, además del austero sentimiento del deber, arrastráronme a Ultramar las visiones luminosas de las novelas leídas, el morboso prurito de aventuras peregrinas, el ansia de contemplar, en fin, costumbres y tipos exóticos...
En este afán novelesco —muy viejo en mí como sabe el lector— acompañábanme también algunos condiscípulos y, por de contado, mi hermano Pedro, dos años más joven que yo; el cual, dicho sea entre paréntesis, cometió calaverada verdaderamente épica. Mostrando resolución increíble en un muchacho de trece a catorce años, ahorcó sus hábitos de estudiante, fugándose de casa en compañía de cierto aventurero seductor. Después de embarcarse en Burdeos, dió con sus huesos en el Uruguay, donde le ocurrieron las más sorprendentes peripecias[38]. ¡Contra todas las previsiones de mi padre, el hijo formal, el impecablemente sumiso y obediente, superó de una vez todas las decantadas audacias del primogénito!... Yo quedé como humillado de no haber sabido hacer otro tanto.
Entre mis condiscípulos y amigos, el que con más entusiasmo compartía mis ensueños románticos, era Cenarro. Recuerdo que, recién acabada la carrera, discurríamos ambos cierto día por el Paseo de los Ruiseñores; hablábamos del porvenir, y, en vena de confidencias, nos comunicamos nuestros más íntimos anhelos. He aquí la esencia, si no la forma de nuestros coloquios: