Lám. XV, Figs. 23 y 24.—Dos retratos del autor. El primero cuando contaba veinte años y estaba a punto de terminar la carrera; el segundo cuando, sorteado para Ultramar, se disponía a trasladarse a Cuba con el empleo de médico primero.
Dejo a los técnicos el juicio de aquella campaña. Tengo por indudable que, evitando las depredaciones carlistas en las prósperas ciudades catalanas, satisfacíamos primordial necesidad. Pero mi espíritu, ávido de emociones fuertes y de peripecias bélicas, deploraba la placidez parsimoniosa de la campaña.
Hoy esta parsimonia, mil veces reproducida en nuestras guerras civiles, cáusame menos sorpresa. Constituye síntoma de una enfermedad constitucional irremediable y característica de la raza hispana. Por algo la reconquista se prolongó siete siglos, y nuestras guerras civiles duraron siempre seis o siete años. ¡Felices los países en que la diligencia es una de las formas de la honradez patriótica! Para cada general dinámico, a lo Espartero, Córdova o Martínez Campos, hemos contado por docenas los tardígrados con fajín. ¡Oh santa pereza, musa de nuestros políticos y soldados!... ¡Si al menos hubiéramos logrado propagar nuestra enfermedad del sueño a los extranjeros!... Pero volvamos al asunto.
Nada interesante puedo referir de lo ocurrido durante mi estancia en Cataluña. Aquellos paseos militares completaron admirablemente mi educación física, y me permitieron estudiar a fondo el alma del honrado payés catalán.
Aunque el médico militar era entonces plaza montada, con derecho, por tanto, a bagaje —de no poseer caballo propio—, yo prefería hacer las etapas a pie, conversando con los oficiales. En los grandes trayectos, aprovechábamos la acémila para conducir el equipaje y las provisiones de boca del asistente y practicante; los cuales, dicho sea de pasada, ejercían sobre mí irresistible tiranía: me administraban la paga y me guiaban paternalmente en los mil incidentes y tropiezos de la vida militar. El asistente, simpático muchacho alicantino, era un zahorí para husmear provisiones. Hasta en aldeas recién saqueadas por los facciosos, sabía afanar un pollo oculto o sonsacar algún trozo de butifarra. Y como en casi todos los pueblos tenían novia, participaba a menudo de los finos agasajos (tortas, dulces, pañuelos, calcetines, etc.) con que las pobres muchachas creían asegurarse la volandera afición de mis acólitos. ¡Oh juventud, y cómo hermoseas a los ojos del viejo hasta el recuerdo de los más triviales sucesos!...
En cierta ocasión, creí firmemente satisfacer mis ansias dramáticas, presenciando, al fin, un hecho de guerra formal. Pero se malogró al cabo, aunque la operación emprendida resultó singularmente penosa aun para mis excepcionales facultades de peatón.
Pernoctábamos plácidamente en Tárrega, deleitosa Capua del regimiento de Burgos, cuando cierto día, antes del alba, sonó la diana. Pusímonos en pie, creyendo que, según costumbre, tomaríamos la vuelta de Agramunt o de Verdú; pero la jornada fué de prueba, como que se prolongó más de 14 leguas. Parece que nuestro coronel había recibido, durante la noche, un parte del capitán general de Cataluña, ordenándole que, lo más diligentemente posible, se pusiese en marcha para el Bruch, donde debía escoltar cierto convoy salido de Barcelona con dirección a Berga, a la sazón asediada por los carlistas. Caminamos, pues, de Tárrega a Cervera, de Cervera a Calaf, de Calaf a Igualada, y de Igualada al Bruch. Tras breves horas de descanso en esta última población, y reunidos al convoy, pernoctamos, llegada la media noche, en Manresa. Los soldados hallábanse atrozmente fatigados; nuestra impedimenta de enfermos y rezagados era imponente.
En cuanto a mí, no obstante la fatiga y los efectos de unas malditas botas recién estrenadas, tuve aún humor para admirar desde el Bruch las ingentes y rojizas moles del Montserrat, y de fantasear con los oficiales acerca de la famosa derrota de los franceses en la heroica villa. En fin, al siguiente día juntáronsenos nuevas fuerzas, y continuamos la marcha por Sallent, donde pernoctamos, hasta las inmediaciones de Berga, donde plantamos nuestras tiendas. En cada etapa tomáronse muchas precauciones, pues temíamos que los carlistas prepararan una emboscada o nos acometieran en las gargantas del Llobregat. Pero defraudando mis esperanzas, los facciosos, sabedores quizás de las respetables fuerzas que escoltaban el convoy, levantaron el sitio de la plaza. No experimenté, pues, más sensación guerrera que la impresión agridulce de una noche de campamento en las montañas que rodean Berga, sin contar un fuerte catarro producido por el relente.
De los catalanes de entonces conservo grato e imborrable recuerdo. En Tárrega, en Cervera, en Balaguer, etc., se nos recibía con agrado; más aún, con muestras de cordial simpatía.
Innecesario resultaba a nuestra llegada el reparto de boletas de alojamiento: cada cual entraba en la casa donde le habían albergado otras veces, porque sabía que el huésped le acogería cordialmente. Aún tengo presente a mi buenísimo patrón de Tárrega, honrado comerciante de paños, padre de varios excelentes y laboriosos hijos, el cual me cobró tal afición, que me convidaba a su mesa, me regalaba caza y golosinas y me adelantaba dinero cuando las pagas se retrasaban. Caído una vez enfermo y no pudiendo seguir a la columna, cuidóme solícitamente, y llegada la convalecencia, tuvo conmigo la complacencia de facilitarme numerario y un traje de paisano para hacer rápida jira a Zaragoza[37] y visitar la familia, en tanto regresaba mi regimiento.