Lám. XIV, Fig. 22.—Esta fotografía, efectuada por mí por el proceder del colodión (1873), poco antes de ingresar en el ejército, presenta algunos de mis condiscípulos y amigos, casi todos fallecidos ya.—1, C. Senac; 2, Simeón Pastor (que fué catedrático de Terapéutica); 3, Visié (que fué médico militar); 4, H. Gimeno Vizarra; 5, Félix Cerrada (actualmente catedrático de Patología general); 6, Hilarión Villuendas (ayudante del Museo); 7, Joaquín Benedicto (profesor que fué de la Escuela de Comercio); 8, Joaquín Vela (después médico militar y compañero en Cuba).
Incidentes de este género me han ocurrido más de una vez en oposiciones, porque entre mis defectos, acaso el más grave, fué siempre la falta absoluta de método y de mesura en el trabajo.
Después de pavonearme en Zaragoza con mi nombramiento de médico segundo de Sanidad Militar, y de lucir ante los camaradas envidiosos el flamante uniforme, recibí orden de incorporarme al regimiento de Burgos, de operaciones en la provincia de Lérida[35]. Esta fuerza, en unión de un batallón de cazadores, un escuadrón de coraceros y algunas baterías de artillería de campaña, componían 1.400 o 1.600 hombres, a las órdenes del simpático y caballeroso coronel Tomasetti.
Los lectores contemporáneos de aquellos amenos tiempos de la Revolución, donde la historia se fabricaba al minuto, recordarán que, tras la abdicación de D. Amadeo de Saboya y del desenfreno y anarquía de la República radical, subió Castelar al Poder. Con un sentido gubernamental de que carecieron sus predecesores, restableció severamente la disciplina militar, nutrió las filas del desorganizado ejército con su célebre leva, y restauró, en fin, el extinguido Cuerpo de Artillería.
Todo auguraba el comienzo de una nueva era de orden y de relativa tranquilidad, precursora de paz duradera. Pero antes había que vencer la insurrección cubana y reducir al carlismo, cada día más pujante y amenazador en las provincias del Norte.
A decir verdad, a mi llegada a Cataluña algo habían mejorado las cosas. Ya no se oía el vergonzoso «que baile» con que los soldados indisciplinados insultaban al oficial; ahora los jefes eran obedecidos, y reinaba en las tropas el mejor espíritu. Las partidas de Savalls, de Tristany y de otros cabecillas, meses atrás entregadas a toda suerte de desafueros, batíanse en retirada o evitaban cuidadosamente el contacto con nuestras columnas.
Muchas poblaciones liberales secundaban la acción de las tropas, organizando milicias locales y escarmentando más de una vez, como ocurrió en Vimbodí, a las huestes carlistas. Precisamente nuestra brigada tenía por principal misión evitar el saqueo de las ricas villas del llano de Urgel y regiones fronterizas de la provincia de Tarragona. Por donde se justificaban las continuas marchas y contramarchas desde Lérida, nuestro cuartel general, a Balaguer y Tremp; de Lérida a Tárrega; de Tárrega a Cervera; de Cervera a Verdú o a Igualada; de Tárrega a Borjas y Vimbodí, etc.
En estas idas y venidas nos pasamos cerca de ocho meses sin sorprender una sola vez al enemigo, no obstante perseguirle incesantemente. Extrañábame la exactitud cronométrica con que nuestra vanguardia llegaba a las aldeas ocupadas por los facciosos doce horas justas después de haberse éstos retirado. Parecía aquello el juego de la gallina ciega. Claro que, como médico y soldado, no podía quejarme. En siete meses de guerra —vamos al decir— no tuve ocasión de oir el silbido de las balas ni de curar un herido. Los efectos de alguna caída de caballo, tal cual indigestión y algún regalo de la Venus atropellada y barata... y pare usted de contar[36].