CAPÍTULO XXII

Recién Licenciado en Medicina, ingreso en el Cuerpo de Sanidad Militar. — Mi incorporación al ejército de operaciones contra los carlistas. — El españolismo de los catalanes. — Mi traslación al ejército expedicionario de Cuba. — Coloquio entre dos camaradas ávidos de aventuras exóticas. — Mi embarque en Cádiz con rumbo a la Habana.

En Junio de 1873, y a la edad de veintiún años, obtuve el título de Licenciado en Medicina. Creía mi padre conservarme algún tiempo a su lado, estudiando a conciencia la Anatomía descriptiva y general, con el objeto de tomar parte en las primeras oposiciones a cátedras de esta asignatura; pero la llamada quinta de Castelar, es decir, el servicio militar obligatorio ordenado por el célebre tribuno para hacer frente a la gravedad de las circunstancias políticas, malogró el programa paterno. Como todos los mozos útiles de aquel reemplazo fuí, pues, declarado soldado. Víme obligado a dormir en el cuartel, a comer rancho y hacer el ejercicio.

No duró mucho mi vida de recluta. Anunciáronse por entonces oposiciones a médicos segundos de Sanidad Militar, y decidí acudir a ellas. Si tenía la suerte de conseguir plaza, en vez de servir a la República de soldado raso, la serviría de oficial, con graduación de teniente.

Con estas esperanzas solicité, y obtuve de mis jefes, permiso para trasladarme a Madrid y tomar parte en el certamen. Estudié de firme un par de meses, y tuve la satisfacción de ganar plaza, dando con ello grata sorpresa a la familia. En los ejercicios de oposición, sin rayar a gran altura, no debí portarme del todo mal, ya que entre 100 candidatos (para 32 plazas) se me adjudicó el núm. 6. A decir verdad, lo que me prestó cierto lucimiento fué el acto de la operación, con ocasión de la cual describí minuciosa y metódicamente la anatomía de la pierna (tratábase de una amputación). En cambio, en los demás ejercicios estuve perfectamente vulgar.

Por cierto que mi falta de método en la preparación del ejercicio escrito estuvo a punto de costarme la eliminación. A causa del exceso de lectura, se me pegaron las sábanas el día de actuar, y llegué al Hospital Militar (situado entonces en la calle de la Princesa) a las ocho de la mañana, es decir, una hora después de comenzado el acto. Entretanto, el tribunal me había excluído. Gran triunfo fué conseguir la entrada en el local. A fuerza de ruegos logré al fin enternecer al bondadoso Dr. Losada, jurado del tribunal. Ya en él salón, transcurrieron más de quince minutos sin que nadie me atendiese, ni lograra que los opositores, absortos en su trabajo, me hicieran lugar para escribir. Lleno de impaciencia, y resuelto a todo, gané un trozo de mesa a fuerza de apretujones, arrebaté al más próximo unas cuartillas, y comencé a disertar sobre la Etiología del cólera morbo, tema que nos había tocado.

Llevaba apenas escrita una plana cuando, agotado el tiempo, dióse por concluso el ejercicio. Naturalmente, mi pobre disertación debió alcanzar pocos, o acaso ningún punto.