Pus estando descansao no me afligen siete fanegas. Pero los más forzudos del pueblo pueden con el cahiz (ocho fanegas).

—Venga, pues, ese cahiz de trigo y veamos quién de los dos puede con él.

Formóse corro, acudió el alcalde, y de común acuerdo, nos trasladamos a casa de cierto tratante, en cuyo patio (portal) yacían muchos sacos de trigo. Buscóse una saca de grandes dimensiones; se midieron a conciencia las ocho fanegas, aferré con ambos brazos la imponente mole, y merced a poderoso impulso, el señorito de cara pálida y huesosa cargó con el cahiz. ¡Me porté, pues, como un hombre!... En cambio, mi zumbón no pasó de las siete consabidas fanegas.

El asombro de los matracos llegó al colmo. A los ojos de aquellos labriegos, adoradores de la fuerza bruta, adquirí de repente enorme prestigio. Y el triunfo sobre mi contrincante se celebró alegremente con baile y lifara (alifara) al aire libre. Por cierto que en la clásica jota tomaron parte mozas arrogantes con quienes de niño había yo correteado y jugado a los pitos. Algunas de ellas me dirigían miradas que parecían caricias.

La otra hazaña gimnástica tuvo carácter acrobático. Cierta noche en que toda mi familia regresaba tarde del teatro, se encontró con que, por extravío de la llave del portal, no podía entrar en casa. Era domingo, la una de la madrugada y desesperábamos de encontrar cerrajero. En un santiamén trepé a los balcones del primer piso, afianzándome en las rejas del entresuelo; me deslicé temerario por las cornisas de la fachada; abrí después un balcón; penetré en la habitación, y en fin, abrí la puerta por dentro. Mi arrojo y serenidad hallaron aquella noche gracia a los ojos de mis padres, que veían recelosamente mi creciente ardor por la gimnasia.

Manía filosófica.—Después de la chifladura gimnástica caí, por reacción compensadora, en la locura filosófica. Diríase que las pobres células cerebrales de asociación, postergadas por el cultivo excesivo de las motrices, invocaban a gritos su derecho a la vida. Amainé, pues, poco a poco en mi necia vanidad atlética, echando de ver, al fin, que había cosas harto más respetables y apetecibles que el alarde de la fuerza bruta. Aun en el terreno de la competición personal, acabé por encontrar más meritorio reducir a un adversario con razones que con trompadas. Volví, pues, a mis abandonados libros de filosofía. A los volteos acrobáticos sucedieron las piruetas dialécticas. En mi afán de saber cuanto acerca de Dios, el alma, la substancia, el conocimiento, el mundo y la vida habían averiguado los pensadores más preclaros, leí casi todas las obras metafísicas existentes en la biblioteca de la Universidad y algunas más proporcionadas por los amigos. A decir verdad, esta manía razonadora no era nueva en mí, según consta en capítulos anteriores: asomó ya durante mis estudios del Instituto; pero después de la Revolución (años de 1871 a 75) tuvo peligroso recrudecimiento.

Paréceme que por aquel tiempo esta afición no era del todo sincera; lo fué, sin duda, más adelante. Pero entonces, antes que meditar honradamente sobre tan altos asuntos, deseaba apropiarme los ardides de la sofística para asombrar a los amigos. Con este espíritu de frívola curiosidad fueron leídas, y no siempre entendidas, las obras de Berkeley, Hume, Fichte, Kant y Balmes. Por fortuna, las obras de Hegel, Krause y Sanz del Río no figuraban en la biblioteca universitaria. Yo me perecía por las tesis radicales y categóricas. Adopté, por consiguiente, el idealismo absoluto. A la verdad, el gallardo idealismo de Berkeley y Fichte teníanme cautivado. Ni se ha de olvidar que, por aquella época, era yo ferviente y exagerado espiritualista.

Con un ardor, digno de mejor causa, pretendía refutar, ante mis camaradas un poco desconcertados, la existencia del mundo exterior, el noumenon misterioso de Kant, afirmando resueltamente que el yo, o por mejor decir, mi propio yo, era la única realidad absoluta y positiva. Como es natural, los amigos Cenarro, Pastor, Senac, Sierra y otros, a quienes mortificaba a diario con mis latas, se resistían a ser considerados como meros fenómenos o creaciones de mi autocrático yo, y protestaban enérgicamente contra mis sofismas de guardarropía. En el fondo, estaba tan seguro como ellos de la objetividad del mundo; pero me seducían las paradojas y los malabarismos dialécticos.

Excusado será advertir que tan pueril juglarismo de leguleyo contribuyó muy poco a mi formación espiritual, a menos que se consideren como ganancias positivas cierta agilidad de pensamiento y algo de sano escepticismo. Sin embargo, la citada afición a los estudios filosóficos, que adquirió años después caracteres de mayor seriedad, sin transformarme precisamente en pensador, contribuyó a producir en mí cierto estado de espíritu bastante propicio a la investigación científica. De ello trataremos oportunamente.