—Éstos no son juegos pa señoritos... Pa ustedes el dominó, el billar, ¡y gracias!...

—Está usted equivocado —le respondí—. Hay señoritos aficionados a los ejercicios de fuerza, y que podrían, con algo de práctica, luchar dignamente con ustedes.

—¡Bah! —continuó el socarrón—. Pa manejar la barra son menester manos menos finas que las de su mercé. La juerza se tiene manejando la azada y dándole a la dalla.

Y cogiendo el pesado trozo de hierro, me lo puso en las manos, diciendo: ¡Amos a ver qué tal se porta el pijaito!...

Picado en lo más vivo del amor propio, empuñé enérgicamente la poderosa barra, me puse en postura, y haciendo formidable esfuerzo, lancé el proyectil al espacio. ¡Sorpresa general de los matracos!: contra lo que se esperaba, mi tiro sobrepujó a los más largos.

—¡Caray con el señorito y qué nervios tiene!... —exclamó un mirón.

Pero mi guasón, mozo fornido y cuadrado, no dió su brazo a torcer; antes bien, haciendo una mueca desdeñosa, añadió:

—¡Bah!... Esto es custión d’habilidá... Probemos algo que se pegue al riñón. ¿A que no se carga usted tan siquiera una talega de trigo? (cuatro fanegas).

Al llegar a este punto, mi orgullo de atleta, contenido hasta entonces por consideración al huésped y a los acompañantes, se sublevó del todo. Y a mi vez osé interrogarle:

—Y usted que presume de bríos, ¿cuánto peso carga usted?