Antes de entrar en ella, mi rival balbuceó con acento de triste resignación: «Puesto que me ha vencido usted, renuncio a mis pretensiones y queda usted dueño del campo». «No hay tal», repliqué, haciendo alarde de generosidad y nobleza. «Disputamos sobre la posesión de algo que carece de realidad. Ni usted ni yo nos hemos declarado al objeto de nuestras ansias. Escribámosle sendas cartas. Que ella decida entre los dos, si desea decidirse.» Al verme tan razonable y desinteresado, excusó anteriores arrogancias, confesándome que aquella mujer le tenía sorbido el seso. Estaba decidido a casarse con ella en cuanto acabara la carrera.

Días después M., repuesto ya del lance, volvió a la calle, saludóme afectuoso y me dijo con aire de profunda amargura:

—He sabido una cosa tremenda, que me ha contrariado extraordinariamente: la señorita X, a quien creíamos pobre, posee una dote de 50.000 duros. Desisto, pues, con hondísima pena, de mis pretensiones. Si la escribo y acepta mi pretensión, ¿no pensarán todos que le hago la corte por codicia?

—Tiene usted razón —respondí, consternado—. Abandonemos una empresa imposible.

Y, en efecto, no volvimos a pensar en la famosa Venus de Milo[33].

¡Así éramos entonces!... Entre los jóvenes de hoy, ¿habrá alguno que no encuentre ridículo o imbécil nuestro candor?

M. y yo acabamos por ser excelentes camaradas. Gran celebrador de mis músculos, quiso conocer el secreto de su fuerza. Y cuando le señalé el gimnasio de Poblador, acudió a él lleno de entusiasmo. Mi rival de un día transformóse a su vez en formidable atleta. Algo taciturno, sumamente formal y discreto, ferviente cultivador de las matemáticas, M. acabó brillantemente su carrera de ingeniero[34].

A riesgo de incurrir en pesadez, paso a referir brevemente otros dos pequeños éxitos de vanidad muscular. Sírvame de disculpa la devoción, hoy muy a la moda, hacia la llamada cultura física.

Ocurrió el primer lance en el pueblo de Valpalmas, que visité a los veinte años, encargado por mi padre de cobrar algunos créditos atrasados. Alojéme en casa de antiguo amigo de mi familia, el Sr. Choliz, comerciante rumboso que me colmó de atenciones y agasajos. Cumplida en parte la comisión, fuí invitado a presenciar las fiestas, que se inauguraban dos días después. Conforme a usanza general en Aragón, los festejos proyectados consistían en carreras a pie y en sacos, cucañas, funciones de piculines (saltimbanquis), juegos de la barra y de pelota, etc.

Mi afición a los deportes me llevó cierta mañana a presenciar el airoso y viril juego de la barra, celebrado al socaire del alto muro de la iglesia; y cuando más embebido estaba en el espectáculo, uno de mis acompañantes me dijo con sorna: