«Yo fuí quien maté el caimán,
Caimán...
Caimán...
Yo fuí quien maté el caimán.»
Y así sucesivamente durante ocho o diez horas. Un coro de gritos salvajes saludaban al cantante al terminar cada estrofa.
Aquellos danzantes bárbaros poseían músculos de acero. El sudor corría a raudales por su piel de ébano y el sol arrancaba a sus relieves musculares reflejos metálicos. Lejos de amansar su fogosidad, tan formidable ajetreo parecía estimularles. En algunas parejas, el crescendo de piruetas, contorsiones y gestos eróticos llegaba al frenesí. De seguro que ningún europeo habría resistido la mitad de aquel violentísimo ejercicio.
Entre nuestras distracciones de San Isidro figuraban también conciertos de arpa. Mas esto exige volver atrás, consignando un antecedente.
Por aquella época, la Isla de Cuba era sima de soldados. Y como la recluta voluntaria para Ultramar resultaba de cada vez más premiosa, apelaron los banderines de enganche de la Península a todo linaje de ardides, aun los más abusivos y vituperables. A tal propósito, agentes reclutadores sin escrúpulos frecuentaban garitos y tabernas, y comprometían, previa la correspondiente borrachera, a cuantos extranjeros jóvenes caían en sus redes. Así fueron a Cuba muchos mozos saboyanos, infelices artistas, que por la citada época recorrían España cantando, al son del arpa, el himno de Garibaldi.
Uno de estos desventurados italianos dió con sus huesos en la enfermería de San Isidro. Padecía de hepatitis e hidropesía, y en su rostro ictérico mostrábase además el sello del paludismo crónico. Ignoro cómo, durante su azarosa peregrinación al través de la Isla, había logrado conservar el precioso instrumento musical, junto al cual solía dormir en la enfermería, receloso de que se lo arrebataran. Este soldado músico era mozo servicial y amable, y cuando le dejaba la fiebre, nos obsequiaba con conciertos al aire libre. Al complacernos, además de nuestra gratitud granjeaba algunos pesos que economizaba para el ansiado día de la repatriación.
Aún parece que le veo a la luz de la luna, amarilla la faz, abatida y triste la mirada, con el vientre hidrópico, rasgo morboso que le daba aspecto trágicamente grotesco. Puesto en el centro del corro, y apoyando su debilidad en el tronco de un árbol, lanzaba al aire con gusto y sentimiento, que nuestra hambre musical convertía en exquisitos, romanzas de Rossini y Donizetti, canciones napolitanas y aires saboyanos impregnados de penetrante melancolía. Más de una vez, gracias al humilde aventurero, olvidaba yo las tristezas de mi situación y confortaba el ánimo con las gratas emociones del arte.