Dejo apuntado más atrás, que mi dolencia tendía a empeorar. En los seis o siete meses pasados en San Isidro gocé solamente fugacísimos alivios. El hígado y el bazo mostraban tumefacción alarmante, y la temible hidropesía se iniciaba. En vano suplicaba a mi jefe técnico el doctor Grau una licencia temporal. «Carezco de personal, contestaba siempre. Resista usted cuanto pueda; cuando disponga de gente de refresco, haré un esfuerzo por reemplazarle.»
Mis esperanzas empezaban a nublarse ante aquella actitud de resistencia que tenía todo el aspecto de abandono despiadado. Y acabé por pensar que para salvarme era de todo punto preciso sustraerme lo antes posible a los efectos de aquella atmósfera deletérea.
Pero ¿cómo?... En mi situación desesperada, sólo percibí un remedio: pedir la licencia absoluta por enfermo, es decir, renunciar a la carrera militar y reintegrarme a la Península. Elevé, pues, una instancia al Capitán general, por conducto de las autoridades sanitarias de Puerto Príncipe; y cuando esperaba ansiosamente el resultado, informóme un amigo de que en la capital del Camagüey se negaban a tramitar mi solicitud. Mi piadoso jefe el doctor Grau creyó, sin duda, que mi decaído organismo podría tirar unos meses más...
Debo la vida a cierto caballeroso brigadier, de cuyo nombre, ¡oh ingratitud!, no puedo hacer memoria. Dejo expuesto ya que las trochas como recurso defensivo habían caído en descrédito, si bien nadie quería cargar con la responsabilidad de suprimirlas. Por iniciativa del Capitán general, efectuóse al fin una jira de inspección a dichas líneas militares. Y el citado brigadier, a quien tocó visitar la del Bagá o del Este, donde yo me encontraba, impresionóse tan vivamente al reconocer el mal estado de los soldados y la muchedumbre de enfermos inútiles, que ordenó destruir inmediatamente los fortines y retirar las guarniciones. Compadecido de mi estado, y noticioso de que mi solicitud de licencia habíase atascado, quizás intencionadamente, en la capital del distrito, tomó sobre sí el encargo de cursarla personalmente, prometiéndome además acelerar todo lo posible la resolución del Capitán general.
Disuelta la trocha del Bagá, fueron los enfermos concentrados en diversos hospitales, singularmente en el de San Miguel, adonde fuí yo a parar, esta vez no como médico director, sino como modesto caso clínico.
Allí, en un destartalado pabellón destinado a los oficiales enfermos, pude una vez más reconocer la irremediable ineficacia de la caridad oficial. Aun en los establecimientos benéficos mejor organizados, el doliente siéntese siempre algo abandonado material y espiritualmente; fáltale siempre esa tierna y vigilante solicitud de que sólo la madre o la esposa poseen el secreto. Por imperio del hábito, hermanas de la caridad, enfermeros y practicantes adquieren pronto cierta insensibilidad ante el dolor ajeno, amén del acompasamiento rutinario que el egoísmo del enfermo atribuye a la indiferencia o al despego. Además, el paciente ansía privilegios; quisiera ser foco de la general preocupación; hallar, en fin, en torno suyo el suave afecto de sensibilidades vírgenes, no embotadas aún por la diaria batalla contra el dolor. Pero ello es casi imposible, como lo es también que las angustiosas peripecias de la enfermedad se ajusten a los horarios administrativos.
Por mi parte, acostumbrado a ser bastante mal atendido en San Isidro, soportaba con relativa resignación mi soledad sentimental. No así mis vecinos inmediatos, entre ellos cierto teniente coronel, de carácter violento, el cual juraba y se exasperaba cuando las hijas de la caridad no acudían inmediatamente a sus apuros. En su irritación, dicho jefe —enfermo de tuberculosis grave— dió en la manía de llamar a tiros de revólver... Por cierto que al oir la primera vez el estampido, creímos todos que se había suicidado o que había herido a algún enfermero demasiado gandul. Yo procuraba calmarle y, en la medida de mis posibilidades físicas, acudía a sus llamadas para apagar su sed devoradora y administrarle medicinas.
Transcurridas algunas semanas, mejoré lo bastante para abandonar el Hospital y trasladarme a Puerto Príncipe. Gracias a mi brigadier bienhechor, la nueva instancia había surtido efecto. Mas para obtener la licencia absoluta a título de inutilizado en campaña, era requisito inexcusable sufrir reconocimiento facultativo. Efectuóse, pues, en Puerto Príncipe, dando por resultado el diagnóstico de caquexia palúdica grave, incompatible con todo servicio.
Cumplida tal formalidad, y noticioso de que el Capitán general accedía al adelanto de la licencia[46], tomé la vuelta de la Habana, donde debía cobrar mis atrasos, obtener el pasaporte y esperar el vapor.
Como inutilizado en campaña tenía derecho a pasaje gratuito. Pero mis apuros económicos eran grandes. Se me debían ocho o nueve pagas. A causa de la orgía administrativa reinante, corría riesgo de pasar en la Habana un par de meses, ocupado en la liquidación de mis haberes, cuando precisamente mi estado exigía la más rápida repatriación.