A fin de prevenir tan grave contratiempo, un mes antes tuve la previsión de escribir a mi padre. En la carta pintábale sinceramente mi aflictiva situación y le rogaba el envío de dinero. Llegada la letra, y ya más tranquilo, consagréme a gestionar del Habilitado el cobro de mis atrasos. Al pronto rehusó pagarme, a pretexto de que la consignación del último trimestre no había sido hecha efectiva; pero, a fuerza de súplicas y porfías, conseguí liquidar mis haberes, no sin dejar en las garras del aprovechado funcionario un 40 y hasta un 50 por 100 del importe de aquéllos. Así y todo junté cerca de 600 pesos, con que enjugué pequeñas deudas, y adquirí lo necesario para el viaje de retorno.
CAPÍTULO XXV
Me traslado a la Habana, donde recaigo de mi dolencia. — Mi regreso en el vapor España. — Cadáveres de soldados arrojados al mar. — Tahures trasatlánticos. — El amor y el paludismo. — Vuelta al estudio de la Anatomía.
Días antes de zarpar el vapor, y cuando obraban en mi poder el pasaporte y el billete para el viaje, sufrí un ataque de disentería aguda. ¡Un naufragio a la vista del puerto!... ¡Qué angustias devoré al verme nuevamente postrado en el lecho, sin amigos que me atendieran, y precisamente en el ansiado momento de la liberación!...
Por fin, la Providencia apiadóse de mí. Y aprovechando, impaciente, cierta débil mejoría, embarquéme precipitadamente en el vapor España con rumbo a Santander. Conmigo abandonaron la Isla también muchos soldados inutilizados en campaña. Los infelices estaban enfermos como yo; pero, más desventurados, viajaban en tercera, hacinados en montón y sometidos a régimen alimenticio insuficiente o poco reparador. Yo me complacía en cuidarlos, procurándoles medicamentos y alentando sus esperanzas. Algunos de aquellos desgraciados hijos del pueblo fallecieron durante la travesía. ¡Qué desgarrador espectáculo contemplar con el alba el lanzamiento de los cadáveres al mar!... Por fortuna, otros enfermos mejoraban a ojos vistas. Al alivio cooperaban la pureza del aire y la ausencia de nuevas infecciones; pero obraban con superior eficacia estos dos supremos tónicos espirituales: la esperanza de ver pronto el sol de la patria, y la alegría de incorporarse al seno de la familia.
Yo fuí uno de los rápidamente aliviados por el ambiente puro del mar. A mi arribo a Santander era otro hombre: comía con apetito, estaba sin fiebre y podía corretear por la ciudad montañesa. ¡Me había salvado!... Quedábame sólo cierta demacración alarmante y la palidez pajiza de la anemia.
Después de ofrecer semejante cuadro de tristeza, bien será dar una nota amena. Fué nuestro país siempre el fecundo solar del hampa y de la picaresca. Quevedo podría escribir hoy, si resucitara, sus más graciosas jácaras. En esto no hemos degenerado todavía. Por consiguiente, en un trasatlántico español, donde se dan cita todas las clases sociales, no podían faltar, además de hembras de vida alegre y ejemplares típicos de petardistas de oficio y empleados concusionarios, algunos genuinos representantes de aquella castiza fullería tan perfectamente retratada por nuestros escritores del siglo de oro. Tocóme precisamente ser compañero de camarote de uno de estos jugadores de ventaja, el cual no tenía más ocupación ni granjería que ir y venir continuamente de España a Cuba, a fin de limpiar, en unión de otros compinches y con los mejores modos posibles, la bolsa de los indianos opulentos, de los comerciantes con ahorros y de los jefes y generales con pacotilla.