Es Petilla uno de los pueblos más pobres y abandonados del alto Aragón, sin carreteras ni caminos vecinales que lo enlacen con las vecinas villas aragonesas de Sos y Uncastillo, ni con la más lejana de Aoiz, cabeza del partido a que pertenece. Sólo sendas ásperas y angostas conducen a la humilde aldehuela, cuyos naturales desconocen el uso de la carreta. Extraño y forastero para los pueblos aragoneses que le rodean, tiénenlo por igual abandonado los navarros, quienes, inspirándose en ese criterio de ruin egoísmo tan castizamente español, excusan su desdén diciendo que la construcción de una carretera que enlazara Aoiz y Petilla, cedería en provecho de muchos pueblos aragoneses, entre los cuales yace, como una isla, mi nativo lugar.
Álzase éste casi en la cima de enhiesto cerro, estribación de próxima y empinada sierra, derivada a su vez, según noticias recogidas sobre el terreno, de la cordillera de la Peña y de Gratal.
Lám. III, Figs. 3 y 4.—Dos vistas de Petilla: la primera tomada del lado Sur y la segunda del lado Norte.
El panorama, que hiere los ojos desde el pretil de la iglesia, no puede ser más romántico y a la vez más triste y desolado. Más que abrigo de rudos y alegres aldeanos, parece aquello lugar de expiación y de castigo. Según mostramos en el adjunto grabado, una gran montaña, áspera y peñascosa, de pendientes descarnadas y abruptas, llena con su mole casi todo el horizonte; a los pies del gigante y, bordeando la estrecha cañada y accidentado sendero que conduce al lugar, corre rumoroso un arroyo nacido en la vecina sierra; los estribos y laderas del monte, única tierra arable de que disponen los petillenses, aparecen como rayados por infinidad de estrechos campos dispuestos en graderías, trabajosamente defendidos de los aluviones y lluvias torrenciales por robustos contrafuertes y paredones; y allá en la cumbre, como defendiendo la aldea del riguroso cierzo, cierran el horizonte y surgen imponentes colosales peñas a modo de tajantes hoces, especie de murallas ciclópeas surgidas allí a impulso de algún cataclismo geológico. Al amparo de esta defensa natural, reforzada todavía por castillo feudal actualmente en ruinas, se levantan las humildes y pobres casas del lugar, en número de 40 a 60, cimentadas sobre rocas y separadas por calles irregulares cuyo tránsito dificultan grietas, escalones y regueros abiertos en la peña por el violento rodar de las aguas torrenciales. Al contemplar tan mezquinas casuchas, siéntese impresión de honda tristeza. Ni una maceta en las ventanas, ni el más ligero adorno en las fachadas, nada, en fin, que denote algún sentido del arte, alguna aspiración a la comodidad y al confort. Bien se echa de ver, cuando se traspasa el umbral de tan mezquinas viviendas, que los campesinos que las habitan gimen condenados a una existencia dura, sin otra preocupación que la de procurarse, a costa de rudas fatigas, el cuotidiano y frugalísimo sustento.
Desgraciadamente, no es mi pueblo una excepción de la regla; así viven también, con leves diferencias, la inmensa mayoría de nuestros aldeanos. Su ignorancia es fruto de su pobreza. Para ellos no existen los placeres intelectuales que tan agradable hacen la vida y cuya brevedad compensan.
Por un contraste chocante, en una aldea en donde la escuela está reducida a cuartucho destartalado y angosto, y en que hasta la iglesia es pobre y menguada, álzase orgullosa cierta casa nueva, mansión cómoda, holgada y hasta espléndida, a la cual encuadra y adorna, por el lado del campo, frondoso huerto y ameno y vistoso jardín: tal es la abadía o casa del cura, construcción donada al pueblo por cierta persona tan piadosa como opulenta, a fin de que sirviera de albergue decoroso al humilde pastor de almas.
En otra situación de ánimo, tan punzante contraste hubiese dado a mis meditaciones un giro amargo. Hubiera pensado acaso que en nuestra pobre y abatida España, no hay sino una pasión grande, absorbente, suprema manifestación del egoísmo individual, a saber: el ansia de alcanzar a todo trance el cielo prometido por la religión a los buenos, y una sola generosidad (si cabe considerar como tal lo que se da en vista de personales provechos), los legados al clero y a las fundaciones piadosas. La caridad generosa y de buena ley, ese sublime calor de humanidad del filántropo, que, depurado de bajos egoísmos, da sin esperanza de remuneración, sin desear más recompensa que la gratitud de los buenos, es un sentimiento rarísimo entre nuestros opulentos. Exclusiva preocupación de éstos parece ser realizar lo que podríamos llamar el copo de la felicidad, es decir, alcanzar los dones de la fortuna en esta vida y gozar la beatitud eterna en la otra.
Pero yo, que sólo me siento socialista muy de vez en cuando, no estaba entonces para semejantes consideraciones. Impresionado por la miseria y el abandono de aquel lugar; por la esquivez de una naturaleza tirana e insensible; por las fatigas y trabajos a costa de los cuales aquellos infortunados aldeanos debían ocurrir a su mezquino sustento; por la ausencia, en fin, de toda comodidad y regalo, capaces de hacer amable o tolerable la vida, me pregunté: Si el sacerdote no tenía allí alta y piadosa misión que cumplir; si aquella casa, relativamente suntuosa, destinada a asegurar la residencia de un ecónomo, que de otra suerte viviría en alguna aldea próxima más populosa, no satisfacía vital necesidad, ¿qué sería —decíame para mis adentros— de estas existencias duras, si la religión no acariciase y elevase sus almas abatidas por la fatiga y el dolor? ¿Cómo soportar la desconsoladora monotonía de una vida sin otros contrastes que los creados por la sucesión de las estaciones y los inevitables estragos del tiempo? ¿Cómo adherirse, formal y profundamente, a la infecunda tierra donde nacimos, sin ese confortador optimismo de la religión, que nos promete, calmando impaciencias y desalientos del presente, en pos de una vida de prueba y de expiación, la resurrección luminosa, la ansiada repatriación a las doradas tierras del cielo, cuna de nuestras almas y mansión donde nos esperan los muertos queridos y llorados?