Gran escuela de espiritualidad y virtud es un suelo gris y un cielo perennemente azul. Donde la naturaleza es próvida y paganamente deleitosa, declina a menudo el sentimiento religioso.

¡Oh, los heroicos labriegos de nuestras mesetas esteparias!... Amémosles cordialmente. Ellos han hecho el milagro de poblar regiones estériles, de las cuales el orondo francés o el rubicundo y linfático alemán huirían como de peste. Y, de pasada, rechacemos indignados la brutal injusticia con que ciertos escritores franceses, catalanes y vascos (no todos por fortuna) y en general los felices habitantes de los países de yerba, desprecian o desdeñan a los amojamados, cenceños, tostados, pero enérgicos pobladores de las austeras mesetas castellanas y aragonesa, como si tan humildes cultivadores del terruño nacional tuvieran la culpa de haber visto la luz bajo un cielo inclemente...

Pero arrastrado por mis pensamientos, olvido hablar de la visita a mi pueblo. Diré, pues, que a mi llegada fuí recibido con grandes agasajos por el ecónomo, a quien el párroco, residente en otro lugar y sabedor de mi visita, habíame recomendado. Fina y generosa hospitalidad dispensáronme también diversas personas, particularmente algunos ancianos que se acordaban de mi padre, con quien me encontraban sorprendente parecido. Complacíanse todos en mostrarme su buena voluntad y en colmarme de halagos que yo agradecí de todo corazón. Y para hacer agradable mi breve estancia allí, concertáronse algunas giras campestres. Recuerdo entre ellas: la exploración de las ruinas del vetusto castillo; la gira a los seculares bosques de la vecina sierra, y la visita a modesta ermita, situada a corta distancia del pueblo, tenida en gran devoción, y en cuyas inmediaciones se extiende florido y deleitoso oasis, donde hubimos de reconfortarnos con suculenta y bien servida merienda. Mostráronme, también, la humilde casa en que nací, fábrica ruinosa casi abandonada, albergue hoy de gente pordiosera y trashumante. Algunas ancianas del lugar, que se ufanaban bondadosamente de haberme tenido en sus brazos, recordáronme la lozana belleza de mi madre, la robustez de mis primeros meses y las hazañas quirúrgicas y cinegéticas de mi padre, cuya fama de Nemrod dura todavía.

Al despedirme de los rudos pero honrados montañeses, mis paisanos, oprimióseme el corazón: había satisfecho un anhelo de mi alma, pero llevábame una gran tristeza. Cierta voz secreta me decía que no volvería más por aquellos lugares; que aquella decoración romántica que acarició mis ojos y mi cerebro al abrirse por primera vez al espectáculo del mundo no impresionaría nuevamente mi retina; que aquellas manos de ancianos, selladas con los honrosos callos del trabajo, no volverían a ser estrechadas con efusión entre las mías.

Apesadumbrado por estos melancólicos sentimientos y cavilaciones bajé la áspera cuesta del pueblo, tendí una última mirada sobre el agreste y desolado paisaje, cuya imagen intenté fijar en mi retina con esa tenacidad con que procura retener el que sueña la fugitiva visión que le mintió sabrosas felicidades, y alejéme tristemente, tomando la vuelta de Tiermas y de Jaca. Una voz interior me decía que no lo vería más; y, en efecto, hasta hoy no lo he visto. Los lazos del afecto son harto flojos para llevarme a él, porque la atracción y el amor nacen del hábito y se miden por la amplitud del espacio que las representaciones de los hombres y de las cosas ocupan en la memoria. Y en la mía los recuerdos juveniles de gran vivacidad y difusión se enlazan con otros lugares, con aquellos donde transcurrieron mi niñez y adolescencia y en donde anudé las primeras amistades.

Ni sería razonable conceder excesiva importancia al hecho de haber casualmente nacido en una aldea de la montaña navarra; pues el hombre no es como la planta, que sabe a la tierra que le crió. El alma humana toma su sabor, digamos mejor su timbre sentimental, antes que de la tierra y del aire inorgánicos, del medio vivo, de la estratificación humana que alimentó las raíces de su razón y fué ocasión de las primeras imborrables emociones. Bajo este aspecto, mi verdadera patria es Ayerbe, villa de la provincia de Huesca, donde pasé el período más crítico y a la vez más plástico y creador de la juventud, es decir, los años que median entre los ocho y los diecisiete de mi edad, o sea desde el 60 al 69, fecha esta última de la famosa revolución española.


CAPÍTULO III

Mi primera infancia. — Vocación docente de mi padre. — Mi carácter y tendencias. — Admiración por la naturaleza y pasión por los pájaros.