[3] Trampas hechas con una losa y ciertos palillos fácilmente desbaratables por el pájaro al picar el cebo. Perdone el lector las voces aragonesas que empleo; algunas de ellas no figuran en el Diccionario.

[4] De la faz negativa del patriotismo, de que hablaba yo en 1900, tenemos actualmente en España dolorosos ejemplos. Con ocasión de la horrenda catástrofe europea, los españoles que leen —afortunadamente son los menos— aparecen divididos en dos bandos, encarnizadamente enemigos: los neutrófilos, en realidad germanófilos, y los anglófilos o aliadófilos. Pero no nos engañemos. Con razón se ha dicho que aquí nadie ama a nadie; todos aborrecen. Los unos odian a Alemania, a causa de sus ínfulas de raza superior y su concepción autocrática del Estado. Los otros a Francia e Inglaterra, por haber sido cuna y constituir vivo ejemplo de la tolerancia religiosa y de las libertades civiles. Lo que por ninguna parte asoma es el amor sincero a España y el convencimiento de que sólo por el esfuerzo enérgico y consciente de sus hijos podrá venir su engrandecimiento político y elevación cultural.

[5] Añado este párrafo en 1917, en plena decadencia del gusto pictórico.

[6] Aludo a los desdichados cubistas, prerrafaelistas, impresionistas, a los que lo pintan todo negro, o todo azul, o todo verde, en fin, a la cáfila de extravagantes que han deshonrado el arte de Rafael y de Velázquez. ¡Ah! ¡Con cuánto gusto, si el divino papel que represento no me lo estorbara, saltaría cada primavera a la arena crítica, y probaría, como tres y dos son cinco, con la competencia que me da el ser catedrático de Anatomía patológica y Teratología, y aficionado, además, a la óptica aplicada, las extrañas deformidades anatómicas y las horribles incongruencias de color, de perspectiva y de composición, para las cuales tienen nuestros críticos de arte, ¡quién lo dijera!, increíbles suavidades e indulgencias, cuando no alabanzas fervorosas!

[7] Llamábase R. Cuiduras y era persona culta, que educó perfectamente a sus hijos, con quienes mantuve siempre excelentes relaciones.

[8] Cuando se escribía esto, mi cultura psicológica era bastante deficiente. Datos valiosos, aunque no siempre coherentes acerca de este interesante punto, se encuentran en los estudios de Stanley Hall, Ribot, Ferrier, Dewey, James, Hutchinson, etc.

[9] Fallecido mi patrón hace muchos años, no tengo por qué disfrazar su nombre. Su establecimiento, desaparecido hoy, estaba en la calle de la Correría, no lejos de la Plaza de la Catedral.

[10] Recuérdese el ejemplo clásico de Campanella, citado por James, «para conocer el estado mental de alguno, remedaba sus gestos».

[11] Sin embargo, las obras históricas ojeadas en la biblioteca del confitero y algunos libros que pude proporcionarme después, despertaron mi afición a este orden de estudios, que sólo interesan a los jóvenes a condición de introducir en la narración pormenores descriptivos de batallas y elementos dramáticos y anecdóticos. Yo era entonces —lo he dicho ya— fervoroso patriota; por tanto, no extrañará que ciertos episodios de nuestra historia me pusieran de mal humor. Iniciativas que hoy disculparía teniendo en cuenta el ambiente moral de la época, el concepto patriarcal de la realeza y la pobre mentalidad de políticos y generales, causáronme entonces graves enojos.

Cierto que yo me entusiasmé con la epopeya —un poco lenta— de la Reconquista, la patriótica unión de los reinos peninsulares y el estupendo descubrimiento y conquista de América, donde tanto brillaron las épicas hazañas de Cortés, Pizarro, Almagro y Vasco Núñez de Balboa; pero me sacaban de quicio, exasperándome hasta lo indecible, las alteraciones y rebeldías constantes de prelados, nobles y municipios, y sobre todo la lenta y sistemática despañolización de la política de España con el advenimiento de los Austrias y su séquito de flamencos y alemanes. Yo, que no pude perdonar al habilísimo Fernando el Católico, tan alabado por Maquiavelo, su incomprensible desconfianza hacia el Gran Capitán (el único caudillo genial que tuvo España por entonces), menos había de perdonar al sombrío burócrata Felipe II, su manía de regir el mundo desde su butaca (en una época en que todos los reyes batían el cobre en el campo de batalla) y su imprevisión y ligereza al encargar el mando de la Invencible a un general de salón, sabiendo que tenía que habérselas con ingleses y holandeses, los mejores marinos del mundo. Mi fibra patriótica vibraba de indignación al advertir cómo nuestros reyes, haciendo gala de menosprecio o desconfianza hacia el talento hispano, confiaban casi siempre el mando de ejércitos y escuadras a caudillos extranjeros (marqués de Pescara, Alejandro Farnesio y Filiberto de Saboya), y nombraban al portugués Magallanes jefe de la gloriosa expedición que dió la vuelta al mundo.