¡Qué de glorias perdidas —pensaba yo— a consecuencia de esta incomprensible conducta!...

[12] Allá a fines de 1865, por disgustos habidos con el Ayuntamiento, dejó mi padre el partido de Ayerbe, trasladándose primero a Sierra de Luna y luego a Gurrea de Gállego. Transcurridos dos años, y hechas al fin las paces con el cabildo ayerbense, retornó al antiguo partido, al cual le ligaban un crédito profesional bien cimentado y hasta algunos bienes raíces.

[13] Los condes de Parcent solían pasar entonces los veranos en Gurrea, centro de sus vastas posesiones señoriales, donde tenían magnífico palacio. Recuerdo todavía con placer las soberbias cacerías (con acompañamiento de bocinas, tiendas de campaña, lujosos trajes de caza, etc.) efectuadas en los bosques próximos, y a las cuales era mi padre graciosamente invitado a título de primera escopeta de la comarca. Por cierto que el hermano del conde pintaba al óleo bastante bien. Aún debe conservarse en mi casa cierto retrato de mi padre, con robusto y bien entonado colorido, regalo del aristócrata aficionado.

[14] El Sr. Pedrín vive aún, y dirige un acreditado taller de zapatería en Huesca, donde es muy estimado. Hace algunos años, y poco después de haberse hecho público cierto afortunado triunfo mío, salióme a recibir a la estación oscense, y sin poder contener las lágrimas, abrazóme emocionado, exclamando: «¡Y yo que pensaba que tenías aptitudes excepcionales para el oficio!»

[15] No respondemos de la fidelidad absoluta del precedente relato. Trasladamos aquí exclusivamente nuestros recuerdos personales, así como la versión, descartada de anécdotas y de suposiciones inverosímiles, que por aquellos tiempos corría en Ayerbe.

[16] Ocurrió este choque cerca de Plasencia, carretera de Ayerbe a Huesca. Cierta cuadrilla de contrabandistas, a quienes, al cruzar el Pirineo, había sido arrebatado, con muerte de algún paquetero prestigioso, valiosísimo contrabando, deseando vengarse y recobrar el botín, siguió a corta distancia a los carros portadores del apresado cargamento, recatándose en lo posible de la escolta de carabineros y fuerzas de infantería que lo custodiaban. Llegados más allá de Ayerbe, aprovecharon un momento durante el cual, demasiado adelantada la escolta de infantería, no quedaba junto a los carros sino una docena de carabineros; entonces sorprendieron a éstos, que marchaban descuidados; mataron seis o siete infelices; dispersaron los demás, y cargaron rápidamente el contrabando en sus recuas. Cuando la compañía de infantería, que iba a la cabeza del convoy, tuvo noticia de la audaz y sangrienta acometida, fué ya imposible alcanzar a los contrabandistas, que tomaron, por veredas de ellos solamente conocidas, la vuelta de Zaragoza. A cargo de mi padre corrió la autopsia de los cadáveres, y yo, llevado de mi curiosidad, le acompañé ayudándole en la fúnebre tarea. Según supe más adelante (en 1910) precisamente por el jefe de la partida (en Ansó), los ansotanos tuvieron también algunos heridos, que escondieron en corrales y aldeas.

[17] Nuestro modelo de estudiantes aplicados era Arizón, que llegó y no pasó de médico militar. Jamás pudimos arrancarle el número primero de la clase.

[18] Omito en la presente edición, por inoportunas, ciertas reflexiones tocantes a cuestiones psicológicas y metafísicas (problema crítico, criterios de certeza, fronteras entre el yo y el no yo, tipos intelectuales, etc.), que figuraban en la primera.

[19] Este siniestro acaeció precisamente el día que se inauguró la línea de Tardienta a Huesca.

[20] Muchos de estos datos los debo a la amabilidad de mi estimado amigo y condiscípulo Dr. Ricardo Monreal, ilustrado médico de Ayerbe, que ha querido reforzar mis borrosas reminiscencias con el rico caudal de sus recuerdos.