Yo opuse al principio algunas resistencias a los juegos brutales, así como a las poco recomendables hazañas del escalo de huertos y rebatiña de frutos. Pero el espíritu de imitación pudo más en mí que los sabios consejos de mis padres y los mandamientos del Decálogo. Algo hubo, con todo eso, en que mi caballerosidad nativa no transigió jamás: fué el abuso de la fuerza con el débil, así como la agresión injusta y cruel. El culto a la justicia, que ha sido siempre una de mis virtudes, o digamos debilidades, afirmábase ya por entonces vigorosamente, en un medio moral en que la tiranía de los músculos, la crueldad y la insensibilidad eran regla corriente entre los chicos.

Decía a Pablos su tío el verdugo de Segovia: «Mira, hijo, con lo que sabes de latín y retórica, serás singular en el arte de verdugo». Esta frase graciosa de Quevedo, que parece una chuscada, encierra un fondo de verdad. Los rápidos progresos que yo hice en la vida airada de pedreas y asaltos, de ataques a la propiedad pública y privada, prueban, sin duda, que la geografía, la gramática, la cosmografía y los rudimentos de física con que mi padre había espabilado mis entendederas, entraron por algo en mis hazañas de mozalbete. Tengo para mí que dichos conocimientos, tempranamente adquiridos, produjeron cierto hábito de pensamiento y de imaginación, que me permitieron sobresalir rápidamente entre los ignorantes pilluelos que me rodeaban, superando a muchos de ellos, así en la maquinación de ardides, picardías y diabluras, como en el dominio de los juegos y luchas a que consagrábamos nuestras horas de asueto.

Pronto tuve camaradas entusiastas, compañeros de glorias y fatigas que emulaban mis flores y habilidades; recuerdo entre ellos a Tolosana, Pena, Fenollo, Sanclemente, Caputillo y otros, a los que vino a juntarse más adelante mi hermano Pedro, dos años más joven que yo. Merced a gimnasia incesante, mis músculos adquirieron vigor, mis articulaciones agilidad y mi vista perspicacia. Saltaba como un saltamonte; trepaba como un mono; corría como un gamo; escalaba una tapia con la soltura de una lagartija, sin sentir jamás el vértigo de las alturas, aun en los aleros de los tejados y en la copa de los nogales, y, en fin, manejaba el palo, la flecha, y sobre todo la honda, con singular tino y maestría.

Tantas y tan provechosas aptitudes no podían estar ociosas, y, en efecto, no lo estuvieron. Mi habilidad en asaltar tapias y en trepar a los árboles, diéronme pronto triste celebridad. Como el buscón de Quevedo, cobraba censos, diezmos y primicias sobre habares, huertos, viñas y olivares. Para la cuadrilla capitaneada por mí, criábanse los más sabrosos albérchigos, las más dulces brevas y los más suculentos melocotones. De nuestras reivindicaciones comunistas, informadas en espíritu de niveladora equidad, no se libraban ni el huerto del cura, ni el cercado del alcalde. Ambas potestades, la eclesiástica y la civil, nos tenían completamente sin cuidado.

En fin, yo me dí tanta traza en asimilarme las bellaquerías, mañas y picardías de los chicos de Ayerbe, que llegué a ser uno de los muchachos a quienes los padres ponen en el Índice de las malas compañías. Con mostrarme tan diligente y dispuesto en todo género de travesuras y algaradas, había algunas, singularmente aquellas en que entraba por algo la mecánica, en las cuales todos reconocían mi superioridad. Mi concurso, pues, era solicitado por muchos y no para cosa buena.

¿Había que armar una cencerrada contra viejo o viuda casada en segundas o terceras nupcias? Pues allí estaba yo disponiendo los tambores y cencerros y fabricando las flautas y chifletes, que hacía de caña, con sus correspondientes agujeros, lengüetas y hasta llaves. Una observación cuidadosa, fecundada por larga práctica, me había revelado las distancias a que debían hacerse los agujeros para que resultasen los tonos y semitonos, así como la forma y dimensiones de las lengüetas. Recuerdo que algunas de mis flautas, que abarcaban cerca de dos octavas, sonaban con el timbre e intensidad del clarinete; y así me ocurrió más de una vez, ejecutando de oído algunas melodías populares, ser tomado por músico ambulante.

¿Disponíase una pedrea en las eras cercanas o camino de la fuente? Pues yo era el honrado con el delicado cometido de fabricar las hondas, que hacía de cáñamo y de trozos de cordobán que los chicos me traían. Más de una vez ocurrió que, faltando el becerro viejo, tuvimos que echar mano del material de los borceguíes, cuya altura, claro es, disminuía progresivamente. ¡Quién podrá contar la indignación de nuestros padres al comprobar aquella evolución retrógrada del calzado, en cuya virtud la que fué flamante botina venía a parar en raquítica zapatilla!

¿Jugábase a guerreros antiguos? Pues a mi industria se recurría para los yelmos y corazas, que fabricaba de cartón o de latas viejas, y sobre todo para labrar las flechas, en cuya elaboración adquirí gran pericia. En efecto, mis flechas no sólo tenían gran alcance, sino que marchaban sin cabecear ni volverse del revés. Cierto espíritu de observación desarrollado con ocasión de estos juegos, hízome notar pronto que el asta o varilla de la flecha debe pesar menos que el hierro, y ser perfectamente lisa y recta, a fin de que el proyectil no oscile y se tuerza en su trayectoria inicial. En consonancia con esta regla práctica, fabricaba el asta de caña y sustituía los clavos o alfileres que otros usaban a guisa de punta, con el cuento de las leznas rotas de zapatero. Este cuento o espiga afecta forma de lanza, pesa bastante, y convenientemente aguzado y bien amarrado al asta de caña mediante bramante embreado, constituye excelente dardo. A guisa de arco, me valía de largo y robusto palo de boj verde, trabajosamente encorvado, y de cuya excelencia en punto a fuerza y elasticidad me aseguré, estudiando comparativamente arcos fabricados con casi todas las maderas conocidas en el país. Excusado es decir que para procurarme la primera materia (las leznas rotas) entablé relaciones comerciales con todos los aprendices de obra prima de la población. Ellos me proporcionaban también, a veces, corambre para las hondas, a cambio del regalo de una de ellas.

Comprenderá el lector que tamañas flechas, que en mis luchas con camaradas solía embolar, a fin de no herir gravemente, no se empleaban exclusivamente en vanos simulacros de guerra antigua; servían también para menesteres más utilitarios. Cazábamos con ellas pájaros y gallinas, sin desdeñar los perros, gatos y conejos, si a tiro se presentaban.

Ocioso será advertir que estas empresas cinegéticas costáronme soberbias palizas, disgustos y persecuciones sin cuento. Pues aunque mi cuadrilla entera participaba en las citadas fechorías, no se mataba perdiz o reclamo en jaula, ni conejo o gallina en corral, cuya responsabilidad no se me imputara, bien en concepto de autor material, bien a título de fabricante del cuerpo del delito o bien, en fin, como instigador a su comisión.