Merecida o exagerada, mi fama de pícaro y de travieso crecía de día en día, con harto dolor de mis padres, que estallaban en santa indignación cada vez que recibían quejas de los vecinos perjudicados. Las tundas domésticas vinieron frecuentemente a reforzar las sufridas de las manos, harto más inclementes, de los querellosos. Vine de esta suerte a pagar, con las propias, culpas de muchos, con gran contentamiento de mis cómplices, que huían bonitamente el bulto, abandonándome constantemente en la estacada.


CAPÍTULO VI

Desarrollo de mis instintos artísticos. — Dictamen de un revocador sobre mis aptitudes. — ¡Adiós mis ensueños de artista! — Utilitarismo e idealismo. — Decide mi padre hacerme estudiar para médico y enviarme a Jaca.

Por entonces, si mi memoria no me es infiel, comenzaron, o al menos cobraron gran incremento, mis instintos artísticos. Tendría yo como ocho o nueve años, cuando era ya en mí manía irrefrenable manchar papeles, trazar garambainas en los libros y embadurnar las tapias, puertas y fachadas recién revocadas del pueblo, con toda clase de garabatos, escenas guerreras y lances del toreo. En cuanto afanaba una cuaderna, ya estaba comprando papel o lapiceros; pero como no podía dibujar en casa porque mis padres miraban la pintura cual distracción nefanda, salíame al campo, y sentado en un ribazo junto a la carretera, copiaba carretas, caballos, aldeanos y cuantos accidentes del paisaje me parecían interesantes. De todo ello hacía gran colección, que guardaba como oro en paño. Holgábame también en embadurnar mis diseños con colores, que me proporcionaba raspando las pinturas de las paredes o poniendo a remojo el forro, carmesí o azul obscuro, de los librillos de fumar (entonces las cubiertas estaban pintadas con colores solubles). Recuerdo que adquirí gran habilidad en la extracción del color de los papeles pintados, los cuales empleaba también a guisa de pinceles, humedecidos y arrollados en forma de difumino; industria a que me obligaba la falta de caja de colores y la carencia de dinero para comprarlos.

Mis gustos artísticos, de cada vez más definidos y absorbentes, crearon en mí hábitos de soledad y contribuyeron no poco al carácter huraño que tanto disgustaba a mis padres. En realidad mi sistemático arrinconamiento no nacía de aversión al trato social, toda vez que, según dejamos dicho, el de los niños me contentaba y satisfacía; nació de la necesidad de sustraerme, durante mis ensayos artísticos y fabricaciones clandestinas de instrumentos músicos y guerreros, a la severa vigilancia de las personas mayores.

Mi padre, trabajador y estudioso como pocos, dotado de gran voluntad y de talento científico nada vulgar, adolecía de una laguna mental: carecía casi totalmente de sentido artístico y repudiaba o menospreciaba toda cultura literaria y de pura ornamentación y regalo. Se había formado de la vida ideal extremadamente severo y positivo. Era lo que los educadores llaman un puro intelectualista.

En su concepto, en el problema de la educación, lo importante consistía en la adquisición de conocimientos positivos y en el desarrollo del entendimiento, a fin de preparar ventajosamente al adolescente para el ejercicio de una profesión honrosa y lucrativa. La educación del corazón, que tanta importancia tiene para la felicidad, no entró nunca en sus miras. Consideraba al hombre cual mero instrumento de producción que había que adiestrar muy tempranamente para prevenir contingencias y percances. Sin duda amaba el saber por el saber; pero rendíale tributo sobre todo por la capacidad financiera que a la sabiduría va unida. «El hombre, solía decir, cuanto más sabe más gana, y cuanto más gana más útil es a sí y a su familia.»