Lám. V, Figs. 7 y 8.—Para quienes gusten de estas bagatelas, reproducimos aquí dos acuarelas encontradas rebuscando entre mis viejos papeles. Fueron ejecutadas de memoria, cuando yo tenía nueve o diez años, poco después de la época del desahucio del revocador. Ambas, sobre todo la primera, ofrecen ostensibles defectos de dibujo y proporciones. Una de ellas representa cierto labriego de Ayerbe bebiendo en la taberna; la otra reproduce la ermita de la Virgen de Casbas, en los Anguiles, cerca de la citada villa.
Llegados a presencia del Aristarco, desplegué tímidamente mi estampa; miróla y remiróla el pintor de brocha gorda, quien, después de mover significativamente la cabeza y de adoptar actitud digna y solemne, exclamó:
—¡Vaya un mamarracho! ¡Ni esto es apóstol, ni la figura tiene proporciones, ni los paños son propios... ni el chico será jamás un artista!...
Aterrado quedé ante el categórico veredicto. —¿Pero de veras no tiene el chico aptitudes para el arte? —osó mi padre replicar. —Ninguna, amigo mío —contestó implacable el rascaparedes—. Y dirigiéndose a mí, añadió: —Venga acá, señor pintamonas, y repare usted en las manazas del apóstol, que parecen muestras de guantero; en la cortedad del cuerpo, donde las ocho cabezas prescritas por los cánones han menguado a siete escasas, y, en fin, fíjese en el caballo, que parece arrancado de un tiovivo.
Yo no entendía jota de cánones; pero veía disiparse como humo mis más caras ilusiones, y me atreví a contestar tímidamente «que una figura copiada o arreglada de malas estampas no podía juzgarse con la severidad de un estudio del natural, pues ni yo había contemplado apóstoles, ni visto los arneses ni vestimentas de antiguos guerreros. Añadí que algunos de los defectos denunciados no me lo parecían del todo; así, un guerrero a caballo no podía ser tan largo como puesto de pie. Y en cuanto a las manos, ¿quería usted que las de un apóstol, acostumbrado a pegar recio y a empuñar formidable y pesada lanza, las tuviera tan pequeñas y relamidas como una señorita? Por lo que atañe al colorido, tiene usted razón; pero no habiendo yo podido proporcionarme otros colores que el bermellón, el ocre y ultramar que usted gasta en la iglesia, lo que usted debía hacer, antes que censurar mi paleta, es emplear otra mejor surtida. En resolución, dudo mucho que usted sea verdadero artista, ni siquiera persona medianamente discreta y razonable; pues de serlo, sabría usted excusar las incorrecciones en que forzosamente ha de caer un aficionado de nueve años, que pinta sin maestros, cuya falta de habilidad podría ser corregida con el estudio y el trabajo.» Claro está que no fueron tales mis palabras, pero sí mis razones.
Pero el cultivador del almazarrón y del albayalde hablaba ex cathedra y me desahució definitivamente. El silencio harto significativo de mi padre dióme a entender que todo estaba perdido. En efecto, la opinión del manchaparedes cayó en mi familia como el dictamen de una Academia de Bellas Artes. Decidióse, por tanto, que yo renunciara a los devaneos del dibujo y me preparara para seguir la carrera médica. En consecuencia, arreció la persecución contra mis pobres lápices, carbones y papeles; lo que me obligó a emplear todas las artes del disimulo para ocultarlos y ocultarme cuando, arrastrado por mi pasión favorita, holgábame en la copia de toros, caballos, guerreros y paisajes. Todavía conservo algunos de aquellos infantiles ensayos tan execrados por el famoso revocador. Como muestra de mis dibujos de entonces reproduzco cierta acuarela donde saltan a la vista graves defectos de proporción. Presenta harto grotescamente a un baturro en la taberna, empuñando el clásico porrón. ¿Pero quién pinta mejor, sin estudios, a los ocho años de edad?
Así comenzó entre mis progenitores y yo guerra sorda entre el deber y el querer; así surgió en mi padre la oposición obstinadísima contra una vocación tan claramente afirmada y definida; oposición que había de prolongarse aún diez o doce años, y en la cual, si no naufragaron del todo mis tendencias artísticas, murieron definitivamente mis aspiraciones a ser pintor.
¡Adiós ambiciosos ensueños de gloria, ilusiones de futuras grandezas! ¡Era menester trocar la mágica paleta del pintor por la roñosa y prosaica bolsa de operaciones! ¡Era forzoso cambiar el mágico pincel, creador de la vida, por el cruel bisturí, que sortea la muerte; el tiento del pintor, que parece cetro de rey, por el nudoso bastón de médico de aldea!
Tenía yo entonces un concepto demasiado lisonjero del arte y de los artistas. A mis ojos, el pintor genial aparecía como un ser superior, de estirpe de dioses, destinado a depurar la naturaleza de escorias y prosaísmos, de incongruencias y fealdades, y susceptible de crear un mundo ideal, superior al real y más digno de su Creador. Pensaba, además, que el augusto ministro de la belleza estaba llamado a desempeñar misión social de gran transcendencia: reconfortar las almas abatidas en sus conflictos con la realidad; conmover y edificar los corazones mostrándoles sublimes arquetipos de belleza moral y de alto patriotismo; y, en fin, difundir un poco de luz y alegría en el tenebroso camino por donde marcha la humanidad, fatigada por el trabajo y afligida por el dolor. Hoy, sin dejar de admirar a los buenos artistas, no hablaría de ellos con tanto entusiasmo. Y en este momento pienso[5], sobre todo, en esos modernísimos pintores que, ansiosos de renombre improvisado y no sabiendo cómo destacar y amplificar la minúscula personalidad, hacen gala de menospreciar el dibujo, el color, la perspectiva, las proporciones, el ambiente, todo lo que constituyó siempre la característica de los grandes maestros —de los cultivadores de la pintura perenne—, para sustituirlos con miserables engendros que se dirían visiones de beodos o pesadillas de enajenados[6]. Pero no divaguemos y continuemos nuestro relato.
Mis conocimientos literarios hacían, entretanto, débiles progresos. Asistía a la escuela; pero atendía poco y aprendía menos. En realidad, mi instrucción elemental era bastante buena gracias a las lecciones de mi padre, que me enviaba al aula municipal, antes con la mira de sujetarme, que con la de que me ilustrara. Este prudente freno a mi libertad lo imponía mi carácter díscolo y mi afición a la vagancia. Cuanto más que mi progenitor no podía vigilarme: se lo impedía la numerosa clientela del pueblo y, sobre todo, sus salidas frecuentes a los anejos de Linás, Riglos, Los Anguiles y Fontellas. El seguimiento de mis pasos y la reprensión de mis desmanes corría, pues, a cargo del maestro y de mi madre, la cual, harto atareada con la crianza de los pequeños y el gobierno del hogar, no podía consagrar a su primogénito toda la atención deseada.