No obstante las precauciones tomadas, el diablo me tentaba a menudo. En cuanto la ocasión se presentaba, los revoltosos de clase hacíamos pimienta, celebrándola unas veces con peleas que armábamos en las afueras; otras explorando y escalando las ruinas del histórico castillo, en donde nos complacíamos en remedar las batallas de los tiempos feudales; y, en fin, engolfándonos en la vecina sarda, bosque secular de encinas, en donde pasábamos largas horas disparando flechazos a los pájaros y buscando nidos de picaraza (garza).
Por cierto que en este último entretenimiento ocurrióme cierta vez, dolorosa sorpresa: encaramado en la copa de una encina, afanábame en explorar un nido de garza, cuando, después de tocar cierta cosa peluda y blanduja, saqué súbitamente la diestra ensangrentada y dolorida a puros mordiscos: una familia de ratas, que había hecho presa del nido y devorado los huevos, revolvióse furiosamente contra el intruso que venía a molestarles en la pacífica posesión de su rapiña.
En otra ocasión, mi pasión por los nidos púsome en apretadísimo lance. Deseoso de explorar un nido de águilas, descendí como pude la gradería de imponente escarpa (Sierra de Linás); contemplé de cerca los aguiluchos todavía implumes, que me miraban espantados; pero no pude llegar hasta ellos. Temiendo la acometida de las águilas, cuyos chillidos creía oir, traté de escapar de la cornisa en que me había metido; pero al intentar la ascensión tropecé con dificultades insuperables. La especie de repisa en que mediante temerario salto había caído mostraba las paredes altas y casi lisas; quedé cogido como en trampa, pasando horas de terrible ansiedad bajo un sol abrasador y con el riesgo de morir de hambre y sed, pues nadie podía socorrerme por aquellas soledades. Mi industria y la navaja de que iba siempre acompañado salváronme al fin. Gracias a la herramienta y a la relativa blandura de la roca logré ensanchar algunas angostas grietas que, sirviéndome de peldaños y de agarradero para las manos, pusiéronme en franquía. ¡Qué de temeridades como éstas podría contar si no temiera abusar de la paciencia del lector!
A su regreso de los pueblos, mi padre se enteraba de las demasías y algaradas de sus hijos y, montando en cólera, nos aplicaba azotaina monumental, amén de increpar a mi pobre madre (cosa que sentíamos mucho), por lo que él llamaba sus descuidos y excesivas blanduras para con nosotros.
El anuncio de estas palizas paternas, las cuales, por lógica progresión y por adaptación adecuada al acorchamiento de nuestra piel, se iniciaron con vergajos y terminaron con trancas y tenazas, infundíanos verdadero terror; y así aconteció en alguna ocasión, que por evitar la harto expresiva caricia paternal huíamos de casa, causando con ello honda pena a nuestra madre, que, angustiada y atribulada, nos buscaba por todo el pueblo.
Recuerdo que habiendo hecho mi hermano y yo novillos cierta tarde, y noticiosos de que alguien había llevado el soplo al severo autor de nuestros días, decidimos escaparnos a los montes, en donde permanecimos media semana o más, merodeando por los campos y alimentándonos de frutas y raíces; hasta que una noche, y cuando ya íbamos tomando gusto a la vida salvaje, mi padre, que nos buscaba por todos los escondrijos del vecino monte, hallónos durmiendo tranquilamente en un horno de cal. Sacudiónos de lo lindo, atónos codo con codo, y en tan afrentosa disposición nos condujo al pueblo, en cuyas calles tuvimos que soportar la chacota de chicos y mujeres.
Eran las somantas o tundas, según habrá colegido el lector, ordinario término de nuestras hazañas; pero, en virtud del proceso adaptativo susodicho los palos nos escocían, pero no nos escarmentaban. Mientras los cardenales estaban frescos guardábamonos muy bien de reincidir; pero una vez borrados, olvidábamos el propósito de la enmienda. Y es que los impulsos naturales, cuando son muy imperiosos, se deforman algo, se disimulan siempre, mas no se anulan jamás. Contrariados en nuestros gustos, privados del placer de campar por breñas y barrancos, a fin de ejercitar el lápiz del dibujante, la flecha del guerrero o la red del naturalista, asistíamos rezongando a la escuela, sin corregirnos ni formalizarnos. Todo se reducía a variar el teatro de nuestras diabluras: los diseños del paisaje se convertían en caricaturas del maestro; las pedreas al aire libre se transformaban en escaramuzas de banco a banco, en las cuales servían de proyectiles papelitos, tronchos, acerolas, garbanzos y judías; y en fin, a falta de papel de dibujo servíame de las anchas márgenes del Fleury, que se poblaban de garambainas, fantasías y muñecos; alusivos unos al piadoso texto, otros harto irreverentes y profanos.
En la escuela, mis caricaturas, que corrían de mano en mano, y mi cháchara irrestañable con los camaradas, indignaban al maestro, que más de una vez recurrió, para intimidarme, a la pena del calabozo, es decir, al clásico cuarto obscuro; habitación casi subterránea plagada de ratones, hacia la que sentían los chicos supersticioso temor y yo miraba como ocasión de esparcimiento, pues me procuraba la calma y recogimiento necesarios para meditar mis travesuras del día siguiente.
Allí, en las negruras de la cárcel escolar, sin más luz que la penosamente cernida a través de las grietas de ventano desvencijado, tuve la suerte de hacer un descubrimiento físico estupendo, que en mi supina ignorancia creía completamente nuevo. Aludo a la cámara obscura, mal llamada de Porta, toda vez que su verdadero descubridor fué Leonardo de Vinci.
He aquí mi curiosa observación: El ventanillo cerrado de mi prisión daba a la plaza, bañada en sol y llena de gente. No sabiendo qué hacer, me ocurrió mirar al techo, y advertí con sorpresa que tenue filete de luz proyectaba, cabeza abajo y con sus naturales colores, las personas y caballerías que discurrían por el exterior. Ensanché el agujero y reparé que las figuras se hacían vagas y nebulosas; achiqué la brecha del ventano sirviéndome de papeles pegados con saliva, y observé, lleno de satisfacción, que, conforme aquella menguaba, crecía el vigor y detalle de las figuras. Por donde caí en la cuenta de que los rayos luminosos, gracias a su dirección rigurosamente rectilínea siempre que se les obliga a pasar por angostísimo orificio, pintan la imagen del punto de que provienen. Naturalmente mi teoría carecía de precisión, ignorante como estaba de los rudimentos de la óptica. En todo caso, aquel sencillo y vulgar experimento dióme altísima idea de la física, que diputé desde luego como la ciencia de las maravillas. Claro es que tenía en cuenta el portento del ferrocarril, de la fotografía (recientemente inventada por entonces), la aerostación, etc. Y mis entusiasmos, algo instintivos, no me engañaban. Porque a la física somos deudores de la gloriosa civilización europea. Si fuera posible restar del patrimonio del humano saber las leyes y fenómenos de dicha ciencia, el hombre retrocedería bruscamente al estado cavernícola.