Por entonces, muy ajeno a las grandiosas perspectivas que abre al espíritu el estudio de las fuerzas naturales, propúseme sacar partido de mi impensado descubrimiento. Y montando sobre una silla entreteníame en calcar sobre papel aquellas vivas y brillantes imágenes que parecían consolar, como una caricia, las soledades de mi cárcel.

«¿Qué me importa —pensaba yo— carecer de libertad? Se me prohibe corretear por la plaza, pero en compensación la plaza viene a visitarme. Todos estos fantasmas luminosos son fiel trasunto de la realidad y mejores que ella, porque son inofensivos. Desde mi calabozo asisto a los juegos de los chicos, sigo sus pendencias, sorprendo sus gestos, y gozo, en fin, lo mismo que si tomara parte en sus diversiones.»

Muchas veces he pensado que la dicha está en la contemplación y que toda acción es más o menos dolorosa. ¡Qué hermoso fuera observar a los hombres como el astrónomo observa los astros, sin intervenir para nada en el conflicto de las voluntades! ¡Así debe contemplar Dios a los hombres desde el alto Empíreo! El autor de la Creación dispone quizás también de colosal cámara obscura, tendida allá en las negruras del espacio, en cuyo fondo discierne las imágenes de todos los fenómenos del Cosmos, desde el girar de los mundos hasta el palpitar de los átomos. Si no fuera irreverencia hablar en sentido directo del ojo de Dios, diríamos que posee retina tan vasta, que puede recibir la imagen total del Cosmos; acuidad diferencial tan exquisita, que alcanza a distinguir hasta el electron y las partículas del éter (caso de que no sean la misma cosa); tan poderosa capacidad para la apreciación de la tercera dimensión, que ve por transparencia, con su tamaño natural y con su relieve propio, desde los mundos más próximos hasta las más remotas nebulosas. Pero no recaigamos en enfadosas divagaciones.

Ufano con mi descubrimiento, tomaba cada día más apego al reino de las sombras. Pero tuve la simplicidad de comunicar mi hallazgo a los camaradas de encierro, los cuales, después de reirse de mi bobería, aseguraron que dicho fenómeno carecía de importancia, por ser cosa natural y como juego que hace la luz al entrar en los cuartos obscuros. ¡Cuántos hechos interesantes dejaron de convertirse en descubrimientos fecundos, por haber creído sus primeros observadores que eran cosas naturales y corrientes, indignas de análisis y meditación! ¡Oh, la nefasta inercia mental, la inadmirabilidad de los ignorantes! ¡Qué de retrasos ha causado en el conocimiento del Universo!

Es curioso notar cómo el vulgo que alimenta su fantasía con narraciones de brujas o de santos, sucesos misteriosos y lances extraordinarios, desdeña, por vulgar, monótono y prosaico, el mundo que le rodea, sin sospechar que en el fondo de él todo es arcano, misterio y maravilla. Todos podemos convertir el sainetón, gris, fastidioso y casero, en comedia de alta magia, por cuyo escenario desfilen hadas y gnomos, gigantes y monstruos, ángeles y diablos, Princesas que descienden a Cenicientas y Cenicientas que suben a Reinas. Para operar tan prodigiosa metamorfosis, la ciencia posee una varilla mágica y cierto talismán infalibles: llámanse respectivamente atención y reflexión.

Por lo demás, dejo consignado que mi flamante descubrimiento físico no podía granjearme los honores de la prioridad. Dos siglos antes había sido hecho por el gran Leonardo, que fué no sólo insigne pintor, sino físico ilustre; de presumir es también que, en tiempos más remotos, otros muchos sorprendieran, aunque no publicaran, el sorprendente fenómeno.

Lám. VI, Figs. 9 y 10.—Dos vistas del Castillo de Loarre, objetivo de mis correrías y curioseos arqueológicos durante mi adolescencia. La primera muestra la fortaleza-palacio de Sancho Ramírez, vista desde el Este. La segunda enfoca el mismo tema pero desde más lejos, y fué tomada por mí allá por los años de 1883.