El excelente tío Juan, hermano de mi madre, era un hábil tejedor de Jaca, en donde gozaba bien cimentada fama de laborioso y de hombre cabal. Pero su situación económica, años antes desahogada, había sufrido recientes reveses, a los que vinieron todavía a añadirse la muerte de su mujer y la escapatoria del hijo mayor, brazo derecho del taller y amparo del anciano. Estas desgracias de familia obligáronle a contraer algunas deudas, siendo mi padre el principal, aunque desinteresado acreedor.
Cuento estos detalles para que se comprenda mejor mi especial situación en casa de mi tío. Deseoso mi padre de reintegrarse lo prestado, convino con mi pariente en pagarle un pequeño estipendio mensual por el hospedaje, destinando otra parte del importe de éste a enjugar la deuda.
Con tan singular procedimiento de cobro, cometióse grave error; porque si bien la calidad del parentesco y la bondad de mis patrones, alejaba toda sospecha de malos tratos, era imposible que mi tío, escaso de recursos, y no muy bien de salud para trabajar, se sacrificara para procurar a su sobrino, sin compensaciones pecuniarias suficientes, alimentación y regalo que para sí deseara.
Dispuesto todo para la partida, despedíme con sentimiento de mis amigos, compañeros de tantas travesuras y desmanes; dije adiós al maestro, a quien tanto había hecho rabiar, y cierta hermosa mañana de Septiembre púseme en camino para la ciudad fronteriza, en compañía de mi padre, que deseaba recomendarme eficazmente a los frailes.
Sirviónos de vehículo el carro del ordinario, en el cual y cubriendo el equipaje, habíase extendido mullido colchón. Yo me instalé junto a las lanzas del carro a fin de explorar cómodamente el paisaje.
Las dos primeras horas del viaje transcurrieron lentas y tristes. Era la primera vez que abandonaba el hogar y una impresión de vaga melancolía embargaba mi ánimo. Pensaba en los sollozos de mi madre al desgarrarse de su hijo y en los consejos con que trató de inculcarme el cariño y obediencia a mis tíos y el respeto y veneración a mis futuros maestros.
Poco a poco fué cediendo mi tristeza. El instinto y la curiosidad de lo pintoresco se sobrepusieron a mi languidez.
El camino, algo monótono desde Ayerbe a Murillo, se hace muy interesante desde esta población hasta Jaca. Durante gran parte del trayecto, la carretera serpentea por las orillas del Gállego, cuyas rápidas corrientes marchan, en unos puntos, someras y desparramadas, mientras que en otros se concentran y precipitan tumultuosamente por entre acantilados gigantes, medio ocultas en angostas gargantas.
No me cansaba de admirar los mil detalles pintorescos que los recodos del camino y cada altura, penosamente ganada, permitía describir. Entre otros accidentes del panorama, quedaron profundamente grabados en mi retina: los gigantes mallos de Riglos, que semejan columnatas de un palacio de titanes; el bloque rocoso de Lapeña, que amenaza desplomarse sobre el pueblo, al pie del cual corre, embutido en profundísimo canal, el rumoroso Gállego; el elevado y sombrío monte Pano, cuya formidable cima asoma por Occidente, no lejos de Anzánigo; y por último, el sombrío y fantástico Uruel, de roja cimera, que domina el valle de Jaca, y semeja colosal esfinge, que guarda la entrada del valle del Aragón.