Lám. VII, Fig. 11.—El monte Uruel (Jaca), visto por el Poniente. La proximidad del punto de vista impide reconocer la forma y apreciar la grandiosidad de esta montaña, que sólo aparece bien desde el llano de Jaca, es decir, contemplada por el Norte.
Mi curiosidad complacíase sobremanera en presencia de tan hermosas perspectivas; y así no cesaba de pedir a mi padre, que conocía a palmos el terreno, noticias detalladas sobre los ríos, aldeas y montañas, cerca de las cuales pasábamos. No sólo satisfizo mi curiosidad, sino que me contó multitud de anécdotas y episodios de su juventud transcurridos en aquellos lugares, y algunos sucesos históricos de que las orillas del Gállego fueron teatro en la funesta primera guerra civil.
Llegados a Jaca e instalados en casa de mi tío, fué la primera providencia de mi padre presentarme a los reverendos Escolapios, a quienes me recomendó encarecidamente. Encargóles que vigilaran severamente mi conducta y me castigaran sin contemplaciones en cuanto diera para ello el menor motivo.
El Director del Colegio dió plena seguridad a mi padre acerca de este punto, y para tranquilizarle nos presentó al padre Jacinto, profesor de primero de Latín, que era por entonces el terrible desbravador de la Comunidad y a quien, según fama, no se había resistido ningún rebelde. A la verdad, yo me alarmé algo, sólo un poco, al contemplar la estatura ciclópea, los anchísimos hombros y macizos puños del dómine, que parecía construído expresamente para la doma de potros bravíos. Y me limité a decir para mi capote: «Allá veremos».
Días después sufrí el examen de ingreso, que satisfizo plenamente a los frailes; fué tan lisonjero el éxito, que me consideraron como el alumno mejor preparado para la segunda enseñanza.
Tranquilo mi padre por el buen giro que tomaban las cosas, y esperanzado de que yo pagaría con una aplicación nunca desmentida los afanes y sacrificios que se imponía, regresó a Ayerbe y yo quedé entregado a mi santa voluntad, que era como quedar entregado al diablo mismo.
Dejo apuntado ya que mi tío era muy anciano y estaba achacoso; vivía casi solitario, pues de sus dos hijos sólo el pequeño, mi primo Timoteo, a la sazón aprendiz en una fábrica de chocolate, le acompañaba. Absorbido en su telar, cuidaba poco de la casa, que abandonaba al manejo de vieja criada. Los conocimientos culinarios de esta buena mujer no podían ser más sumarios ni mejor encaminados a evitar el despilfarro y la indigestión.
Las coles, nabos y patatas constituían los platos fundamentales y de resistencia; de vez en cuando, comíamos carne; pero en justa compensación abundaban las gachas de maíz, llamadas allí farinetas, que era una bendición. Días hubo que nos sirvió tres veces gachas y, a fin de evitar la monotonía, nuestra patrona, que no carecía de imaginativa, dió en la flor de asar las farinetas sobrantes del almuerzo; con cuyo ingenioso arbitrio convirtióse el engrudo de maíz en un plato nuevo, tan original como vistoso, que podía pasar, con algo de buena voluntad, por aristocrático pudding. Nuestro postre habitual eran manzanas, fruta de que se cultivan en Jaca variedades excelentes.
Los días de fiesta nos reservaba la patrona grata sorpresa: añadía a las plebeyas gachas suculentos chicharrones. ¡Eran de ver los gestos de contrariedad que hacíamos mi primo y yo cuando la ciega lotería del cucharón nos agraciaba con sólo un premio, reservando la mayoría de los sabrosos tropezones para otros comensales!
Hambre, sin embargo, no pasábamos. Cuando nuestro estómago insatisfecho exigía algún suplemento, hallábamosle en los montones de las sabrosas manzanas del granero y en la improvisación de un plato de patatas al natural, que preparábamos asando estos tubérculos sobre el rescoldo y adobando la amarilla y jugosa miga con algunos granos de sal y gotas de vinagre.